Chapter 7
El aire en la nave industrial del Sector B no era solo polvo; era una mezcla espesa de algodón quemado y el hedor metálico de la sangre fresca. Valeria contuvo la respiración, con los nudillos blancos mientras se aferraba al borde de un estante de metal. A tres metros, el cuerpo del Dr. Arrieta yacía en una posición antinatural sobre una pila de telas sin procesar. La mancha oscura que se extendía bajo su cabeza era una sentencia dictada en tiempo real. El reloj en su muñeca marcaba las 3:14 a.m. Tenía menos de tres horas antes de que el protocolo de «liquidación» —ese asesinato químico que ya había borrado a Don Rafael— se ejecutara contra ella. Según el registro que había visto, su nombre figuraba en la séptima posición de las deudas pendientes. Hoy, ella era la deuda que debía saldarse.
Un crujido de botas sobre el hormigón resonó en la nave. Valeria se agazapó, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con una urgencia insoportable. Alguien más estaba allí, alguien que no había venido a rescatar al médico, sino a asegurar que su testimonio muriera con él. Se acercó al cuerpo, moviéndose con una cautela que le quemaba los pulmones. Necesitaba el teléfono de Arrieta; era la única prueba directa del pago por silencio que el médico había recibido durante dieciocho meses. Sus dedos temblaron al registrar los bolsillos del doctor, pero solo encontró un papel doblado con una dirección: la capilla familiar. Antes de que pudiera procesar la información, una sombra se proyectó sobre la pared. Un guardia de Tomás, con la pistola desenfundada, escaneaba el lugar. Valeria no esperó; se lanzó hacia un conducto de ventilación lateral, dejando atrás el cuerpo y cualquier esperanza de una muerte limpia.
El asfalto del estacionamiento estaba frío bajo la lluvia incipiente. Apenas Valeria emergió del conducto, una figura bloqueó su paso. Era Clara Fuentes, con la gabardina manchada de aceite y una mirada endurecida por la paranoia.
—No des un paso más —siseó la abogada, bloqueando la única salida—. El libro, Valeria. Ahora.
—¿Por qué debería dártelo? —replicó Valeria, con la voz quebrada pero firme—. Arrieta está muerto. Tomás está limpiando el camino, y tú estás aquí, no para protegerme, sino para enterrar la evidencia.
Clara se acercó, invadiendo su espacio personal.
—Si entregas el libro, puedo asegurar tu salida de la hacienda. Pero si no lo haces, tu madre pagará el precio de tu rebeldía. El sistema de liquidación no se detiene en los herederos; consume a toda la línea de sangre que se atreve a cuestionar la deuda. La enfermera que cuidó a Don Rafael está escondida en la vieja capilla; ella es la única que puede confirmar quién preparó la inyección. Ve allí, pero si no tienes el libro para cuando yo llegue, no habrá nadie que pueda salvarte.
El tiempo se acortaba. Valeria corrió hacia la capilla, con el miedo transformándose en un motor de pura desesperación. La lluvia golpeaba el tejado del edificio histórico con una violencia metálica mientras ella entraba por la sacristía. El ambiente estaba saturado de un olor rancio a cera vieja y miedo.
—¿Enfermera? —susurró, pero solo el eco le respondió.
Al fondo, cerca del altar de mármol negro, encontró a la mujer. No era un descanso. La enfermera yacía desplomada contra la base de la cruz, con una jeringa vacía rodando cerca de su mano inerte. Valeria se acercó, sintiendo cómo el suelo cedía bajo sus pies al confirmar que la mujer estaba fría. La habían silenciado antes de poder articular una sola pregunta; la última vía de escape legal se había desvanecido. Mientras registraba el bolso de la mujer con manos frenéticas, encontró una carta dirigida a su madre. Al leer las primeras líneas, el mundo de Valeria se detuvo: la letra, la firma y los detalles financieros revelaban que su madre no era una víctima, sino una pieza clave en la red de corrupción de la familia. Las sirenas de la policía, alertadas por una llamada anónima que seguramente la incriminaba a ella, comenzaron a aullar en la distancia, acercándose a la hacienda.