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Chapter 6: Chapter 6

Valeria escapa de la hacienda tras ser confinada por Tomás y se dirige a la fábrica del Sector B siguiendo una pista de Elena. Allí encuentra el cadáver del Dr. Arrieta, comprendiendo que ha caído en una trampa diseñada para incriminarla por el asesinato de su tío y del médico.

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Chapter 6

El reloj de pared en el vestíbulo de la hacienda Montes marcaba las 02:14. Cada segundo era un latido menos en la cuenta regresiva de Valeria. El aire, denso y cargado con el aroma a cera antigua, se sentía como una soga que se ajustaba a su garganta. Al intentar alcanzar la puerta principal, el eco de sus pasos fue interrumpido por el chasquido metálico de los cerrojos electrónicos, bloqueados por orden directa de la gerencia.

—No hay salidas autorizadas, Valeria. El protocolo de liquidación exige cuarentena total hasta el amanecer —la voz de Tomás Montes surgió desde la penumbra de la escalera. Sus ojos, fríos y calculadores, no buscaban diálogo, sino sumisión. A sus espaldas, dos guardias privados, hombres con el rostro inexpresivo de los que no hacen preguntas, flanqueaban la salida. Valeria apretó la nota de Elena contra su palma, sintiendo el sudor frío humedecer el papel. Sabía que Tomás no la protegía; la estaba enterrando viva en su propia casa.

Valeria retrocedió, fingiendo una derrota que no sentía. Aprovechando un descuido de los guardias al recibir una llamada por radio, se deslizó hacia los pasadizos de servicio. Conocía los túneles que conectaban la lavandería con los jardines traseros, una red diseñada por el abuelo para esconder los excesos de la familia. Mientras se arrastraba por el estrecho corredor, el olor a lejía le revolvió el estómago. Allí, a la luz de una linterna de mano, desplegó la nota de Elena junto a una página arrancada del libro negro que había logrado sustraer. El desglose técnico era inequívoco: un pago al Dr. Arrieta por un catalizador volátil, el mismo compuesto usado para el asesinato químico de Don Rafael. El asesino no era un intruso; era alguien con acceso directo a la despensa médica de la hacienda. Tomás o alguien bajo su mando directo.

Al salir hacia los jardines, el aire gélido de la madrugada la golpeó como una bofetada. Junto a la fuente seca, Clara Fuentes la aguardaba, su silueta recortada contra la luna llena.

—Si vas a esa fábrica, vas a tu propia ejecución —advirtió la abogada, sin acercarse. Su voz temblaba, una grieta en su máscara de hierro—. Tomás ya compró al juez y al forense. Si apareces ahí, serás el chivo expiatorio perfecto para el asesinato de tu tío.

—¿Por qué me lo dices, Clara? ¿Por qué ahora? —exigió Valeria, con la voz quebrada por la rabia.

—Porque no quiero ser la siguiente en la lista de deudas —respondió la abogada, entregándole un sobre anónimo—. Ahí está la ubicación exacta donde Elena fue vista por última vez. Es tu única oportunidad, pero recuerda: la verdad tiene un precio que quizás no puedas pagar.

Valeria no esperó. Cruzó los muros perimetrales con la desesperación de quien sabe que el amanecer es su fecha de caducidad. La fábrica de textiles del Sector B era un esqueleto de óxido y silencio. Al entrar, el olor a metal y sangre fresca le confirmó que alguien la había precedido. Avanzó entre las máquinas, con el corazón golpeándole las costillas, hasta que el haz de su linterna iluminó un bulto tras un contenedor. No era Elena. Era el Dr. Arrieta, inerte, con los ojos fijos en la nada. La nota en su bolsillo no era una pista; era un cebo. Mientras el sonido de pasos pesados resonaba en la entrada de la fábrica, Valeria comprendió la verdad: la trampa no era para Elena, era para ella. El asesino la esperaba en la oscuridad, y el tiempo de la liquidación había comenzado.

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