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Chapter 8: Chapter 8

Valeria escapa de la fábrica tras ser acorralada por Tomás, solo para descubrir en la casa de su madre que esta es cómplice de la red de corrupción de los Montes. El cerco legal se estrecha cuando Tomás adelanta la resolución judicial de ausencia, dejando a Valeria como fugitiva antes del amanecer.

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Chapter 8

El aire en la fábrica del Sector B sabía a óxido y a la sangre seca del Dr. Arrieta. Valeria se presionó contra el metal frío de un telar, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Afuera, el motor de un vehículo pesado cortó el silencio de la madrugada; el chirrido de los frenos fue la sentencia. Tomás había llegado.

—Sé que estás aquí, Valeria —la voz de su primo rebotó en las vigas, amplificada por el eco del galpón—. No prolongues lo inevitable. El amanecer está a menos de tres horas. El protocolo de liquidación ya no depende de tu firma, sino de tu ausencia. Si no apareces, el juez firmará la declaración de fallecimiento de Elena y la tuya propia por complicidad.

Valeria apretó la carpeta que le había costado la vida al médico. Cada segundo era un hilo que se tensaba alrededor de su cuello. Un sicario, con pasos calculados, comenzó a barrer el área. Valeria lanzó una llave inglesa contra una caldera de vapor. El estallido metálico y el siseo ensordecedor crearon una cortina de humo que le permitió deslizarse por un conducto de ventilación. Al emerger en el callejón, el vacío en sus bolsillos le heló la sangre: su teléfono, su única prueba digital, había quedado dentro. Estaba aislada.

Corrió hacia la casa de su madre, buscando refugio en el único lugar que aún guardaba ecos de su infancia. Al entrar, el olor a cera y lavanda le provocó náuseas. Fue directo al escritorio de caoba y, tras forzar el panel inferior, encontró el libro negro original. Sus dedos recorrieron los nombres tachados con tinta roja: Elena Vargas y, al final, el suyo, marcado con la fecha de hoy. Una nota cayó al suelo: «El precio de nuestra estabilidad es la obediencia, Valeria. No busques justicia donde solo hay deuda».

El teléfono de la casa sonó. Era Tomás.

—He movido los hilos —dijo él, con una calma gélida—. He adelantado la resolución judicial cuarenta y ocho horas. Mañana, antes de que el sol toque la hacienda, tu derecho a la herencia será ceniza. Y para cuando eso ocurra, la policía ya tendrá la orden de arresto por el asesinato de Arrieta que acabo de filtrar a la prensa.

Valeria sintió que el suelo se abría. Tomás no solo buscaba el dinero; estaba borrando su existencia legal. Corrió al Hospital Central, donde Clara Fuentes la esperaba con el rostro desencajado entre el zumbido de las sirenas que ya rodeaban el sector.

—No debiste venir —susurró Clara, entregándole un documento—. Tu madre no compraba protección, compraba supervivencia. Mira la firma.

Valeria vio la rúbrica de su madre en el registro de transferencias al Dr. Arrieta, justo debajo de la de Don Rafael. La traición fue un golpe físico. Su madre no era una víctima, sino una arquitecta del silencio. Mientras las luces de la policía iluminaban el hospital, Valeria comprendió que el muro final que debía derribar antes del amanecer no era Tomás, sino la mujer que le dio la vida.

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