Cuentas que sangran lealtad
El cerrojo de mi apartamento cedió con un chasquido seco, seguido por el peso muerto de un cuerpo contra la madera. Al abrir, el aire se cargó de un olor metálico y tabaco rancio. Julián estaba allí, desplomado sobre la alfombra, con la camisa blanca convertida en un mapa de manchas oscuras que se expandían desde su costado.
—Elena —jadeó, sus dedos aferrándose al marco con una urgencia que no recordaba de nuestros años de infancia. Sus ojos, antes llenos de una chispa juguetona, ahora buscaban algo más allá de mí, hacia la mesa donde mi padre solía trabajar.
—¿Qué has hecho? —susurré, sintiendo cómo el suelo perdía solidez. No era solo el miedo a la policía; era el miedo a la red, al silencio que se cernía sobre el barrio desde que el fondo de remesas se esfumó.
Julián tosió, un sonido húmedo que le hizo encogerse. Señaló el cuaderno de cuero que yo había recuperado por orden de Don Mateo.
—Dame el libro. No estás a salvo mientras lo tengas, pero si no lo abres en la página correcta, ambos seremos carne de cañón antes del amanecer.
Me interpuse entre él y la mesa, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—¿Por qué debería dártelo? Don Mateo dice que tú vaciaste el fondo.
—Don Mateo dice lo que necesita para que no mires debajo de la superficie —escupió Julián, esforzándose por levantarse—. Tu padre no murió por un accidente, Elena. Murió porque intentó borrar a nuestra gente de la lista de 'Desechables'. La red no es un servicio, es una purga.
La luz de la lámpara de escritorio parpadeaba, proyectando sombras largas sobre las páginas amarillentas. Mientras Julián se desangraba a mis pies, mis manos temblaban tanto que el metal del cuaderno rozaba mis uñas. Pasé las hojas, buscando el lenguaje cifrado que mi padre usaba para marcar a quienes recibían protección y a quienes el barrio debía olvidar. Al descodificar los símbolos, el horror se volvió tangible. Cada página era una contabilidad de vidas.
Entonces, lo vi. Mi propio apellido, marcado con la misma tinta roja que el de Julián. No éramos garantes. Éramos los siguientes en la purga.
Un golpe seco en la puerta me hizo saltar. Era el ritmo pausado, autoritario, de Don Mateo.
—Elena, el mercado cierra en diez minutos —la voz de Mateo sonó amortiguada, pero cargada de una amenaza que atravesaba la madera—. Necesito que cuadres las cuentas. El barrio no puede permitirse más errores.
Julián me miró, pálido, con la vida escapándosele por la herida. Me entregó una llave de seguridad que había mantenido oculta bajo su chaqueta.
—Si abres esa caja, verás que él fue el arquitecto. Si no, seremos nosotros quienes paguemos su deuda esta noche.
El miedo se transformó en una claridad gélida. Don Mateo no buscaba el dinero; buscaba un ejecutor. Al acercarme a la puerta, comprendí que la lealtad en este barrio no se medía en afecto, sino en nombres borrados. Abrí la puerta, con el cuaderno oculto bajo mi jersey, sabiendo que mi padre no murió por accidente, sino por lo que estaba escrito en ese libro.
Don Mateo estaba allí, con su sonrisa de abuelo amable que no llegaba a los ojos.
—Elena —dijo, bloqueando el pasillo con su presencia—. No saldrás de aquí hasta que la cuenta cuadre. El libro es tuyo ahora, y las decisiones también.