Atrapados en el laberinto
El aire dentro del conducto de ventilación sabía a metal oxidado y desinfectante industrial, una mezcla que se le pegaba a la garganta con cada respiración forzada. Julián Ramírez se arrastraba sobre las manos ensangrentadas, con el Libro Negro —un tomo encuadernado en cuero sintético que pesaba como una sentencia de muerte— presionado contra su pecho. El USB, su única arma contra el sistema, ardía en el forro de su chaqueta como un carbón encendido.
—Sé que estás ahí, Julián —la voz de Salazar retumbó por los altavoces del hospital, distorsionada y gélida—. No hay a dónde ir. La cuarentena es total. Ni siquiera el aire sale de este edificio sin mi aprobación. Si entregas el documento, tu hermana tendrá la mejor atención que el dinero privado puede comprar. Si no, serás tú quien se convierta en una estadística.
Julián se detuvo al escuchar las botas de dos guardias golpeando el linóleo justo debajo de la rejilla. El reloj en su muñeca marcaba 57:12:00. La presión en su pecho no era solo física; era la imagen de Marisol, postrada en su cama, esperando un tratamiento que el hospital le había negado para financiar la purga del Proyecto Lázaro. No era solo negligencia; era un esquema financiero donde la muerte de los pacientes actuaba como activo. Elena tenía razón: el hospital era una máquina de liquidación humana.
—Julián, no bajes al sótano —susurró la voz de Elena a través del auricular, quebrada por el miedo—. El Proyecto Lázaro ha hipotecado la infraestructura. Si el sistema detecta que el nodo 402 ha sido comprometido, activará el protocolo de purga total. Tienes que salir, no buscar más respuestas.
Julián ignoró la advertencia. El conducto era un laberinto de acero que vibraba con el sonido de los ventiladores industriales. Cada centímetro que avanzaba le costaba una herida nueva en las rodillas. Al llegar a una rejilla que daba al pasillo principal, se inmovilizó. Abajo, los guardias ejecutaban un barrido metódico, habitación por habitación. La luz de sus linternas cortaba la oscuridad como bisturís. No buscaban a un intruso; estaban cazando a un objetivo prioritario.
Desviarse hacia el techo era su única opción. Era el único punto sin cámaras, pero también el lugar donde Salazar había concentrado a sus hombres. Al empujar la rejilla de salida, el aire gélido de la noche lo golpeó como una bofetada. El techo estaba desierto, una vasta superficie de concreto iluminada por las luces de emergencia que parpadeaban en un rojo agónico. Julián se puso en pie, con el cuerpo protestando por el dolor, y corrió hacia el andamio de mantenimiento que colgaba sobre el vacío.
Al otro lado de la puerta de servicio, escuchó el estruendo de una carga explosiva. Salazar había llegado.
—¡Está ahí! —gritó un guardia.
Julián se lanzó por el conducto de ventilación que conectaba el techo con el exterior, justo cuando el estruendo de los disparos comenzó a astillar el concreto a su alrededor. Mientras se deslizaba hacia la oscuridad, el USB en su mano comenzó a emitir una luz tenue: la transferencia de datos había comenzado, pero el camino hacia la libertad acababa de cerrarse.