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Chapter 11: El último recurso

Julián logra iniciar la transmisión del Libro Negro desde la azotea del hospital bajo fuego enemigo. Salazar lo confronta usando a su hermana como rehén, pero Julián prioriza la exposición pública de la purga del Proyecto Lázaro, comprendiendo en el proceso que el encubrimiento hospitalario es solo una pieza de un sistema mucho mayor.

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El último recurso

El aire en la azotea del Hospital Metropolitano no era aire; era una mezcla de ozono, lluvia inminente y el sabor metálico del miedo. Julián Ramírez se desplomó contra la base de la antena satelital, con el costado derecho ardiendo por el impacto contra el conducto de ventilación. Sus manos, manchadas de grasa negra y sangre, temblaban al conectar el cable de datos del Libro Negro al puerto de transmisión.

El reloj en su muñeca marcaba 56:42:15. El tiempo ya no era una cuenta regresiva; era una soga que se cerraba.

—¡Ramírez! ¡Sé que estás ahí! —La voz de Salazar, amplificada por un megáfono, rebotó contra los muros de concreto. No era un grito de autoridad, sino el rugido de un animal acorralado que aún conservaba sus garras—. La cuarentena es total. No hay salida. Entrégame el dispositivo y tu hermana Marisol verá el amanecer en su casa. Si no, el protocolo de purga se llevará todo lo que te importa.

Julián ignoró el megáfono. Sus ojos estaban fijos en la pantalla del dispositivo: 42% de carga. La señal era un hilo de seda a punto de romperse, saboteada por los inhibidores que Salazar había activado en todo el complejo. Si la transmisión se cortaba, el Proyecto Lázaro —la purga sistemática de pacientes para cuadrar balances financieros— quedaría enterrado bajo toneladas de registros digitales alterados.

Marcó el número del periodista. La voz al otro lado, curtida por años de investigar cloacas institucionales, sonó tensa.

—¿Ramírez? ¿Qué tienes?

—El Libro Negro. Nombres, códigos de purga, firmas digitales. Salazar está limpiando el nodo 402 ahora mismo. Si esto no sale, no quedará rastro de las víctimas.

—Necesito una prueba, Julián. Algo que valide el archivo. Si esto es un farol, Salazar te hará desaparecer antes de que el sol toque el pavimento.

La puerta de la azotea cedió con un gemido metálico. Los guardias de seguridad, siluetas oscuras bajo las luces de emergencia, empezaron a avanzar. Julián no tenía tiempo para seleccionar fragmentos. Pulsó "Enviar todo". La barra de carga saltó al 84%.

Salazar irrumpió en la azotea. Su impecable traje estaba arrugado, una mancha de sudor en el cuello que delataba su pánico. Apuntó con su arma, pero no disparó. En su otra mano, sostenía una tableta: la imagen de Marisol, sentada en el asiento trasero de un coche, ajena al abismo.

—Es el fin, Julián —dijo Salazar, con una calma gélida que resultaba más aterradora que sus gritos—. El hospital es un organismo. Tú eres un virus. Y los virus se eliminan.

Julián miró el dispositivo, luego a Salazar. La transmisión iba por el 99%. La verdad estaba a punto de ser pública, pero el precio era absoluto: su vida y, probablemente, la de su hermana. Comprendió, con una claridad devastadora, que el hospital no era el fin del camino, sino solo el primer engranaje de una maquinaria mucho más vasta y oscura que apenas empezaba a vislumbrar.

—Prefiero que ella sepa que luché —respondió Julián, lanzando el dispositivo hacia la antena para asegurar la conexión final.

Salazar disparó. La bala impactó el chasis del dispositivo, pero la barra de carga alcanzó el 99%. La verdad estaba fuera.

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