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Chapter 7: El muro de la burocracia

Julián contacta a la enfermera Soraya para confirmar la naturaleza del Proyecto Lázaro, pero es interceptado por seguridad. Soraya es secuestrada tras revelar que el proyecto es una purga presupuestaria, no médica. Julián queda fuera del hospital justo cuando se activa el protocolo de cuarentena total, dejándolo sin acceso y con su hermana Marisol atrapada en el interior.

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El muro de la burocracia

El aire en el pequeño apartamento de Soraya, en la periferia, sabía a humedad y a miedo rancio. Julián Ramírez cerró la puerta de metal, asegurando los tres cerrojos con un clic que resonó como una sentencia. Afuera, la ciudad se sentía a años luz del Hospital Metropolitano, pero el reloj en su muñeca marcaba 59:12:00. Cada segundo era una astilla clavada en su cordura, una cuenta regresiva que decidía si vería a su hermana Marisol con vida o si ella terminaría convertida en un número borrado del Sector 9.

Soraya, una mujer cuya piel parecía pergamino arrugado por décadas de turnos dobles, no le quitaba la vista de encima. Sus manos, manchadas por la edad y el temblor de un secreto demasiado pesado, aferraban una taza de café que no se atrevía a beber.

—No debiste venir, Julián —susurró ella, con la voz quebrada—. El hospital no es un lugar de sanación. Es un engranaje. Si te acercas a los dientes, te tritura.

Julián sacó el USB, el peso del objeto era una carga física. Lo deslizó sobre la mesa de madera astillada.

—El Dr. Aranda está ejecutando las purgas. Salazar lo protege. Tengo pruebas de que desconectaron a pacientes para manipular estadísticas de mortalidad. Necesito que confirmes lo que pasó en la sala 402. Si me ayudas, puedo llegar a mi hermana antes de que la desaparezcan.

Soraya palideció, sus ojos se clavaron en el dispositivo como si fuera una serpiente.

—No es solo una estadística, Julián. Es el Proyecto Lázaro. No fue un error médico, fue una ejecución deliberada para probar la eficacia del protocolo de borrado. Si hablas, no solo perderás tu empleo; te borrarán a ti.

Julián sintió una náusea gélida. Antes de que pudiera presionar por más detalles, una luz blanca barrió la fachada de la casa. Un vehículo negro, sin insignias pero con el inconfundible perfil de la seguridad interna del hospital, se estacionó en la esquina. La triangulación había sido más rápida de lo que temía.

—¡Tenemos que salir, ahora! —Julián tomó a Soraya del brazo.

Corrieron hacia el callejón trasero, un laberinto de basura y desinfectante industrial. El aire era denso, sofocante. Apenas doblaron la esquina, otro vehículo les cerró el paso. De las puertas laterales bajaron dos hombres con uniformes tácticos y rostros cubiertos. La superioridad numérica era absoluta. Julián sintió la adrenalina dispararse, pero la impotencia pesaba más; no tenía armas, solo información que ellos ya sabían que poseía.

—¡Julián, corre! —gritó Soraya, pero el pánico la inmovilizó.

Los agentes la arrastraron hacia el vehículo con una eficiencia fría y mecánica. Mientras forcejeaba, Soraya logró soltarse un segundo, su mirada encontrando la de Julián con una desesperación final.

—¡El Proyecto Lázaro no es sobre los muertos, es sobre el presupuesto de los vivos! ¡Busca el nombre de Aranda en los archivos de transferencia! —Antes de que pudiera terminar, un golpe seco en la nuca la dejó inerte. La subieron al vehículo y, en un último acto de desafío, arrojó un trozo de papel hacia Julián antes de que la puerta blindada se cerrara con un estruendo metálico.

Julián se quedó solo en el callejón, con el papel apretado en la mano. Sus dedos temblaban. El vehículo se alejó sin dejar rastro, dejando solo el eco de los neumáticos sobre el pavimento mojado.

Caminó hacia la fachada del hospital, con el papel ardiendo en su bolsillo. El reloj marcaba 58:00:00. Un chirrido agudo, inhumano, rasgó la noche. Julián se giró justo a tiempo para ver cómo las persianas blindadas del área de urgencias bajaban con una velocidad antinatural. Las luces de la entrada principal parpadearon en un rojo intermitente y se apagaron, dejando el vestíbulo en una penumbra sepulcral. El sistema había activado el protocolo de cuarentena total.

Julián se acercó al vidrio reforzado, presionando la frente contra la superficie fría. A través del cristal, vio a un guardia con máscara táctica bloqueando el pasillo central. El hombre no lo miró; simplemente le dio la espalda, sellando el laberinto. Estaba afuera. Marisol estaba dentro. Y el reloj, ahora, era su único enemigo.

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