Fracturas en la bata blanca
El cronómetro sobre la estación de enfermería de oncología marcaba 59:42:15. Cada segundo que se desvanecía era una bofetada a la seguridad de Marisol. Elena Morales sintió el peso de la tarjeta de acceso de Julián contra su muslo; el plástico rígido, un objeto prohibido, le quemaba la piel a través de la tela de su uniforme. El Dr. Arévalo, jefe de sistemas, estaba a pocos metros, bloqueando el acceso al servidor central. Si no lograba apartarlo, su propia firma biométrica quedaría grabada en el registro de purga del nodo 402, sellando su destino.
—Doctor, el paciente de la 402 ha entrado en choque anafiláctico —mintió Elena, obligando a su voz a sonar plana, profesional, mientras sus manos, ocultas tras la bata, se cerraban en puños—. Los protocolos de enfermería están colapsando. Necesito que autorice el desbloqueo de los suministros de emergencia desde la central. Ahora.
Arévalo levantó la vista. Sus ojos, curtidos por años de vigilar las entrañas digitales del hospital, escanearon el rostro de Elena con una sospecha que le erizó la nuca. Se puso en pie, la silla golpeando la pared con un chirrido metálico que resonó en el pasillo vacío.
—El sistema de gestión es autónomo, Elena. No debería haber fallos —dijo, dando un paso hacia ella—. Iré yo mismo. Si esto es una falsa alarma, alguien pagará por el tiempo perdido.
Elena lo vio alejarse hacia el ala de emergencias. En cuanto el eco de sus pasos se perdió, se deslizó tras el mostrador. El aire en la oficina de sistemas estaba cargado de estática; el zumbido de los servidores era una presión constante contra sus tímpanos. Insertó la llave maestra. La pantalla cobró vida, mostrando una cascada de directorios protegidos. Sus dedos volaron sobre el teclado, pero al ejecutar el comando de volcado, una ventana de alerta parpadeó en rojo: Usuario en ejecución: Dr. Aranda.
El nombre la golpeó como un impacto físico. Aranda, su mentor, el hombre que le había enseñado a suturar con una precisión que rozaba lo sagrado, era quien ejecutaba las purgas. No era un error del sistema; era una limpieza dirigida desde la cúpula.
—Elena, retírate ahora —susurró una voz a sus espaldas.
Ella se giró. Aranda estaba allí, con una calma que le resultó obscena. No venía a detener una intrusión, venía a supervisar la eliminación de cualquier rastro que pudiera llevar a Salazar. Él era el arquitecto de la sombra.
—¿Por qué? —la voz de Elena salió quebrada, un hilo de derrota ante el vacío ético que se abría frente a ella. El reloj marcaba 59:48:00.
—Porque el hospital es un organismo, Elena, y a veces hay que amputar partes para que el todo sobreviva —respondió él, extendiendo la mano hacia el terminal—. Aparta. Si no lo haces tú, el protocolo de seguridad lo hará por ti, y no habrá forma de salvar tu licencia.
Elena luchó contra el pánico. Tenía que borrar cualquier vínculo con su propio usuario antes de que la alerta silenciosa llegara a Salazar. Trabajó con una velocidad febril, sacrificando su acceso permanente al sistema para crear un cortafuegos que ocultara la participación de Aranda. Logró desconectarse justo cuando el equipo de seguridad irrumpía en el pasillo principal.
Corrió hacia el Sector 9, con el corazón martilleando contra sus costillas. El cerco se cerraba. A mitad de camino, Soraya, una enfermera de confianza, la interceptó cerca de las escaleras de servicio. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos temblando al acomodarse el cubrebocas.
—Dra. Morales, espere —susurró Soraya, acercándose tanto que Elena pudo oler el desinfectante barato de su uniforme—. No puede llegar al Sector 9. Salazar sabe que el video del 402 existe. Me dijeron que el nombre clave del encubrimiento es 'Proyecto Lázaro', y que ellos...
La frase quedó suspendida en el aire. Dos guardias de seguridad aparecieron al final del pasillo, las porras eléctricas brillando bajo las luces fluorescentes. Antes de que Soraya pudiera terminar, la arrastraron por los brazos hacia la oscuridad de un pasillo lateral. Elena quedó sola, paralizada, viendo cómo el nombre 'Lázaro' se desvanecía en el silencio metálico del hospital. El reloj de la pared marcaba 59:00:00. Ya no era solo una intrusión; era una cacería.