El último baile
El aire en la suite de Elena era tan denso que parecía sólido, cargado con el perfume de las rosas que cubrían su tocador y el peso de una demanda de custodia que descansaba, impasible, sobre la mesa de centro. A solo dos horas de la gala, el silencio no era un refugio, sino una advertencia. Julián entró sin llamar, su presencia llenando el espacio con esa autoridad que ni siquiera su renuncia a la junta directiva había logrado erosionar. Sus hombros estaban tensos, la silueta cortada contra el resplandor de la ciudad.
—El coche está abajo —dijo Julián, deteniéndose ante la ventana—. Mis abogados han confirmado que los Valdemar intentarán interceptarnos en la entrada. Quiere
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