El futuro que nunca debió ser
El Hotel Imperial no era un salón de baile; era un tribunal de mármol y cristal donde la reputación se ejecutaba en público. Elena sentía el peso de las miradas como una presión física, un zumbido de mil voces que esperaban su caída. A su lado, Julián se mantenía como una estatua de acero, su presencia interponiéndose entre ella y la madre de Julián, cuya figura, envuelta en seda negra, parecía encarnar la ley que pretendía aplastarlos.
—El compromiso es una farsa —la voz de la mujer cortó el aire, afilada como un bisturí—. Una maniobra financiera desesperada para ocultar la insolvencia de esta mujer y sus errores del pasado. La junta exige una auditor
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