La revelación inevitable
El despacho de Julián, un santuario de caoba y cristal con vista a la ciudad, se sentía ahora como una cámara de descompresión. Elena observaba el documento sobre el escritorio: la transferencia de activos. Con una firma, Julián había desmantelado su propia fortaleza financiera para blindar a una mujer que, hasta hace poco, consideraba una enemiga. El plazo del embargo sobre su taller había vencido hacía doce minutos, pero el alivio no llegaba; solo una punzada de culpa que le quemaba el pecho.
—Es un suicidio, Julián —dijo Elena, sin tocar el papel—. Tu consejo de adminis
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