La máscara se rompe
El zumbido de los flashes atravesaba los cristales del taller como disparos a quemarropa. Elena se mantuvo inmóvil, con la espalda recta, aunque cada fibra de su ser gritaba por salir corriendo hacia la trastienda, donde Leo jugaba ajeno a que su rostro, su nombre y su existencia pendían de un hilo en las pantallas de todo el país. La puerta principal cedió bajo la presión de los reporteros, pero antes de que pudieran cruzar el umbral, una sombra se interpuso entre ella y el caos. Julián entró con la misma calma gélida que solía preceder a una tormenta.
—El embargo venció hace doce minutos, Elena —dijo
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