Alianzas peligrosas
El silencio en el despacho de Julián no era vacío; era una presión física que comprimía el aire. Elena mantenía la espalda recta, negándose a que el cuero del sillón absorbiera su tensión. Sobre la mesa de caoba, el teléfono de Julián vibró. Una, dos, tres veces. Él no lo ignoró. Con una lentitud que rozaba la crueldad, giró la pantalla hacia ella.
La imagen era nítida: Elena, en el parque, sosteniendo la mano de Leo. La marca de tiempo indicaba que la foto había sido tomada
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