Pactos bajo fuego
El despacho de Julián, en el piso cuarenta y dos, se sentía como una cámara de vacío. Sobre la caoba oscura, el expediente médico de Leo no era solo papel; era el peso de una vida entera reducida a datos clínicos. El reloj de pared marcaba doce minutos desde que el embargo sobre el taller de Elena se había hecho efectivo. Doce minutos de una nueva realidad donde ella ya no era dueña de su silencio.
—¿Cuánto quieres por quemarlo? —preguntó Elena. Su voz era un hilo de acero, firme a pesar de la náusea que le subía por la garganta.
Julián, sentado tras el escritorio, no se movió. Su inmovilidad era una forma de poder. Ya no era el acreedor que reclama
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