La sombra del heredero
El salón privado de la residencia Valenti no era un espacio de hospitalidad, sino un tribunal. El aroma a cera de abeja y flores frescas resultaba asfixiante, una fachada de elegancia que ocultaba la frialdad de la matriarca. Doña Beatriz dejó su taza de porcelana sobre el platillo con una precisión quirúrgica; el chasquido fue el único sonido en la estancia, un disparo que marcó el inicio del interrogatorio.
—No me malinterpretes, Elena —dijo Beatriz, sus ojos escaneando el rostro de la joven con una intensidad que parecía capaz de leer sus secretos—. Mi hijo es un hombre de gustos calculados. Improvisar un compromiso justo cuando las acciones de la empresa flaquean
Preview ends here. Subscribe to continue.