La caída de los ídolos
El rugido del motor del SUV era el único sonido que habitaba la cabina, un zumbido constante que intentaba ahogar el peso de lo que habían dejado atrás. Julián mantenía las manos aferradas al volante, con los nudillos blanqueados por la tensión. Afuera, la carretera era una cinta de asfalto negro que se perdía en la inmensidad de la noche, lejos de la ciudad, lejos del apellido De la Fuente que, hasta hace unas horas, había sido su armadura y su sentencia.
—Julián, detente —la voz de Elena cortó el aire, firme, despojada del miedo que la había paralizado semanas atrás.
Él no respondió de inmediato. Sus ojos, fijos en el espejo retrovisor, buscaban luces que no estaban ahí, un hábito nacido de años de vigilancia constante. A su lado, Elena no miraba hacia atrá
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