El peso de la herencia
El aire en el refugio sabía a metal y a urgencia. Elena no necesitó mirar por la ventana para saber que el cerco se estrechaba; el silencio de la calle, inusualmente denso para esa hora, era la señal de que los hombres de su suegro ya no estaban buscando, sino esperando. Sobre la mesa de madera astillada, la carpeta de cuero negro —el registro de malversación que contenía la caída de los De la Fuente— parecía latir con vida propia.
Julián estaba de espaldas, observando la oscuridad a través de la persiana. Se había despojado de la chaqueta de marca, dejando solo una camisa blanca arremangada que revelaba la tensión en sus antebrazos. Ya no era el heredero que negociaba con
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