La huida necesaria
El aire en la suite estaba viciado, cargado con el olor a cuero caro y el ozono de una tormenta social que ya no era una amenaza, sino una sentencia. Julián lanzó su teléfono sobre la mesa de caoba con una precisión quirúrgica; el dispositivo vibró contra la madera, una notificación incesante de un mundo que ya no le pertenecía. Elena permanecía junto al ventanal, observando las luces de la ciudad como si fueran los ojos de un depredador esperando su primer paso en falso.
—Tu padre no se detendrá, Julián —dijo ella sin girarse. Su voz era una cuerda tensa—. Sofía ya ha movido sus fichas. Si creen que el compromiso es falso, nos destruirán antes del amanecer.
Julián se acercó, pero se detuvo a un metro. La
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