Un nuevo horizonte
La casa de campo no olía a los perfumes caros ni a la cera de los salones de baile de los De la Fuente; olía a madera vieja, a leña húmeda y a una quietud que se aferraba a las paredes como un secreto bien guardado. Elena dejó la carpeta del fideicomiso sobre la mesa de pino, un gesto calculado que resonó en el silencio de la sala. El documento, aquel que vinculaba el linaje de los De la Fuente con su hijo, era ahora su única posesión de valor real. Ya no era un arma de chantaje, sino un mapa de supervivencia.
Julián estaba de pie junto a la ventana, observando el camino de tierra que serpenteaba hacia el bosque. Había dejado atrás sus trajes a medida y su nombre, pero la forma en que tensaba los hombros seguía siendo la de un hombre que esperaba un golpe. Se giró hacia ella, con una expre
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