Contrato de cristal
El despacho de Julián en el piso cuarenta no era una oficina; era un observatorio de poder. A través de los paneles de cristal templado, la ciudad se extendía como un tablero de ajedrez iluminado, indiferente a la partida que se jugaba en su interior. Elena permanecía frente al escritorio de caoba, sintiendo que el aire se volvía más denso con cada segundo de silencio. Julián no la miraba. Estaba absorto en una tableta, con la calma quirúrgica de quien ya ha calculado el margen de error de su oponente.
—Tu deuda con Ricardo ha sido liquidada —dijo él, sin levantar la vista. Su voz, un instrumento afilado, carecía de cualquier rastro de la c
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