El precio del silencio
El salón de baile del Hotel Metropolitano no era un lugar de celebración; era un tribunal de justicia social donde la sentencia se dictaba en susurros. Elena se mantenía en el centro del mármol pulido, sintiendo cómo el peso de su vestido de seda oscura se convertía en una armadura cada vez más pesada. A su alrededor, la élite de la ciudad danzaba, ajena al abismo financiero que se abría bajo sus pies.
—El plazo venció al mediodía, Elena —la voz de Ricardo, el acreedor, cortó el aire con la precisión de un bisturí. Se detuvo a su lado, bloqueando su única ruta de escape hacia la terraza. Su sonrisa era un gesto depredador—. Mi paciencia no es un a
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