La rendición de la fortaleza
Elena se detuvo en el umbral de su habitación, con la mano aún en el picaporte como si pudiera cerrarle la puerta al mundo entero. Detrás de ella, Julián permanecía junto a la mesita donde la foto de Mateo seguía expuesta. No la tocaba ya, pero tampoco apartaba la vista. El apartamento estaba en silencio, roto solo por el zumbido lejano del refrigerador y el latido que Elena sentía en los oídos.
Habían pasado siete minutos desde que él había dicho: «Es mío. Lo sé por las fechas. Lo sé por los ojos. Y lo sé porque no podrías haberme mentido tan bien durante tanto tiempo si no hubiera sido verdad».
Ahora repetía la pregunta que había quedado suspendida.
—¿Por qué me lo quitaste, Elena?
La voz salió baja, sin arrogancia. Casi rota.
Eso fue lo que más la enfureció.
Giró despacio, sin soltar el picaporte.
—No te lo quité. Te lo negué. Hay una diferencia.
Julián dio un paso, pero se detuvo al ver cómo los nudillos de Elena se
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