El costo de la protección
El ascensor se detuvo con un zumbido seco. Julián salió primero al pasillo angosto; Elena lo siguió a tres pasos exactos, los brazos cruzados tan fuerte que los tendones se marcaban bajo la piel. La bombilla del plafón parpadeaba cada doce segundos. Él lo había cronometrado desde el vestíbulo. Cada destello era un recordatorio: el tiempo comprado se agotaba.
—No tienes que entrar —dijo ella sin mirarlo—. El investigador ya no es problema. Cumpliste. Vete.
Julián se detuvo frente a la puerta 7B. Apoyó la palma abierta contra el marco, justo por encima del hombro de ella. No la rozó.
—Escuché su voz. Dos veces. ‘Mamá’. Clarísima.
Elena giró la llave. El clic resonó como un martillo en metal.
—No es tu asunto.
—Lo es desde que firmamos ese papel y me pediste que parara a un hombre que ya tenía la partida de nacimiento en la mira.
Ella empujó la p
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