Frente a la tormenta
La pantalla del celular se iluminó como un cuchillo en la penumbra de la sala. Julián, sentado en el sofá donde había pasado la noche sin dormir, leyó el titular antes de que el sonido de la notificación terminara de atravesar el silencio: “El heredero oculto de Varela: la prometida de Julián Varela es madre soltera… y el niño lleva sus rasgos”. El pulso se le detuvo un segundo entero. Luego latió con fuerza contra las costillas.
Se levantó sin hacer ruido. Cruzó los tres metros que lo separaban de la cocina. Elena ya estaba allí, de espaldas, con las manos apoyadas en la encimera como si necesitara anclarse al mundo. Llevaba la misma camiseta gris de la noche anterior. El pelo suelto, todavía húmedo del sueño inquieto.
—No mires el teléfono todavía —dijo él, voz baja pero firme.
Ella se giró despacio. Los ojos ya sabían.
—¿Cuánto tiempo tengo antes de que Mateo despierte y me pregunte por qué su foto está en todos lados?
Julián puso el celular boca abajo sobre la mesa. La pantalla seguía encendida, el titular ardía.
—No fuiste tú —dijo ella. No era pregunta. Era sentencia—. Pero alguien muy cercano a ti sí lo fue.
—Ricardo —respondió él sin dudar—. O alguien que trabaja para
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