El precio de la lealtad
El teléfono vibró contra el mármol como un insecto atrapado. Elena lo miró sin tocarlo. Sabía quién era antes de ver el nombre: Carmen Varela. La madre de Julián nunca llamaba por cortesía. Deslizó el dedo. La voz al otro lado no saludó.
—Esta noche. A las ocho. En la casa de la familia. No es una invitación, Elena. Es una expectativa. Trae a mi hijo si es necesario, pero ven tú. Solamente tú.
Silencio deliberado. Elena sintió el pulso en la garganta, pero su respuesta salió nivelada.
—Entendido.
La línea se cortó sin despedida. Elena dejó el teléfono boca abajo. El cristal del penthouse reflejaba su silueta inmóvil, como si el espacio mismo estuviera conteniendo la respiración. Tenía tres horas. Tres horas para convertirse en la prometida perfecta de un hombre que la había comprado con la deuda de su madre muerta y ahora la usaba como escudo contra Ricardo. Tres horas para decidir si entraba en esa cena con la barbilla alta o si dejaba que la vieran sangrar.
Se dirigió al vestidor que Julián había mandado llenar para ella. Ropa de diseñador, tallas exactas, colores que no gritaban pero tampoco se disculpaban. Eligió un vestido negro de corte limpio, escote alto en la espalda, mangas largas. Armadura, no seducción. Se puso los pendientes de perlas pequeñas que su madre le había dejado; el único objeto que no había vendido. Mientras se vestía, el recuerdo de la v
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