La sombra del pasado
El penthouse de Julián Varela no era un hogar; era una vitrina de cristal reforzado donde el oxígeno parecía racionado por contrato. Elena permanecía de pie frente al ventanal que dominaba la ciudad, sintiendo el peso de la factura médica de Mateo —el documento que Julián había convertido en su grillete— ardiendo en la memoria como una brasa viva. Detrás de ella, el sonido de los pasos de Julián sobre el mármol era el único metrónomo de su existencia actual.
—Tu silencio es cada vez más costoso, Elena —dijo él. Su voz carecía de calidez mientras servía un trago que no tenía intención de ofrecerle. Se detuvo a sus espaldas, invadiendo su espacio personal no por deseo, sino por una jerarquía impuesta—. Ricardo estuvo observándote toda la noche
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