Negociaciones a puerta cerrada
El penthouse no era un hogar; era un tablero de ajedrez donde cada pieza tenía un precio. Julián Varela permanecía junto al ventanal, su silueta recortada contra las luces de la ciudad como un dios menor que vigilaba su imperio. En su mano, el sobre con la factura médica de Mateo no era papel; era una sentencia.
—Cinco años, Elena —dijo sin girarse. Su voz, desprovista de cualquier calidez, cortó el aire—. Cinco años construyendo una identidad que no existía antes de tu huida. Y mientras yo limpiaba los escombros de tu empresa, tú reconstruías una vida que incluía a alguien más. Un niño.
Elena mantuvo la espalda recta,
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