Grietas en la armadura
El Aston Martin se deslizó sin luces altas, manteniendo tres autos de distancia. Elena había dicho «subo sola» con esa voz cortante que no dejaba espacio para réplica. Julián había asentido, cerrado la puerta del pasajero con contención deliberada y la observó cruzar el vestíbulo del edificio Varela sin volver la vista.
No subió a su departamento. En la avenida principal giró a la derecha cuando su ruta lógica era a la izquierda. Julián esperó el semáforo, tamborileó una vez los dedos contra el volante y la siguió. Conocía el sedán gris: lo había elegido él cuando ella devolvió el Mercedes prestado después de la gala.
Las calles se estrecharon. Los edificio
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