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Chapter 3: La primera grieta

Julián expone la negligencia de Santillán ante Arismendi y utiliza la evidencia digital para forzar a Don Octavio a entregarle el control contable del restaurante. Tras descubrir que el negocio es una fachada de lavado de dinero, Julián recibe una oferta directa de los enemigos corporativos de su familia, dejándolo ante la encrucijada de destruir a los Varga o utilizarlos como peones en un conflicto mayor.

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La primera grieta

El aire en la suite privada del restaurante Varga era denso, cargado con el olor a antiséptico y el sudor frío de un fracaso inminente. El señor Arismendi, el inversor que mantenía a flote el imperio familiar, abrió los ojos con una lentitud agónica. Sus manos, aún temblorosas, buscaron el vacío antes de enfocar a Don Octavio, quien se abalanzó sobre él con una sonrisa depredadora.

—Gracias a Dios, Arismendi. El doctor Santillán ha hecho un trabajo milagroso —mintió Octavio, su voz untuosa ocultando el pánico por la posible pérdida del contrato—. Estuvo al borde de la muerte, pero su pericia nos salvó.

Santillán, con la bata impecable, asintió con arrogancia, preparándose para reclamar el mérito. Sin embargo, Arismendi ignoró al médico. Su mirada, vidriosa pero incisiva, recorrió la estancia hasta detenerse en Julián, quien permanecía en la penumbra, con el uniforme de camarero manchado de sangre seca y el pulso inusualmente lento.

—Ese hombre... —Arismendi levantó un dedo tembloroso hacia Julián—. Ese hombre me abrió la garganta con una precisión que nadie en este hospital podría replicar. Santillán solo estaba aquí observando cómo me ahogaba.

El silencio fue absoluto. Don Octavio sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. La jerarquía familiar, construida sobre décadas de apariencias, acababa de fracturarse por una verdad médica irrefutable.

Minutos después, en el pasillo de servicio, el olor a grasa rancia envolvía a un Santillán acorralado. Intentó ajustar su corbata con manos trémulas.

—No te atrevas a cruzarme otra vez, Julián —siseó el médico—. Eres un paria con las manos manchadas de sangre.

Julián no respondió con palabras. Deslizó su teléfono bajo la nariz del médico. El historial clínico de Arismendi, alterado con precisión criminal, brillaba en la pantalla. No era una simple negligencia; era un rastro digital que conducía a una corporación farmacéutica de alto nivel.

—Tu error no fue la dosis, Santillán —dijo Julián con una calma gélida—. Tu error fue subestimar la trazabilidad. Sé quién te paga y por qué el Varga es el lugar elegido para este envenenamiento lento. Don Octavio cree que protege su legado, pero tú y yo sabemos que es solo un peón prescindible.

Santillán palideció. Julián lo dejó allí y entró al despacho de Don Octavio sin invitación. Lanzó el teléfono sobre el escritorio de roble, donde la grabación de la confesión de Santillán comenzó a reproducirse.

—Santillán es un negligente a sueldo, Octavio. Y tú, por tu ceguera, estás a un paso de perder este restaurante. Arismendi sabe que fui yo quien le salvó la vida. Si no quieres que la prensa sepa que tu médico de confianza intentó asesinar a un inversor bajo tu techo, vas a cambiar las reglas. Quiero acceso total a los libros contables.

Don Octavio intentó protestar, pero Elena, que observaba desde el umbral, entró con paso firme. Ella entendió lo que su padre se negaba a aceptar: el restaurante ya no era un negocio familiar, era un escenario de guerra.

—Dáselos, papá —ordenó Elena, su voz cortante—. Si Julián tiene la verdad, es la única oportunidad que tenemos de sobrevivir.

Julián obtuvo el acceso. Al abrir los libros, la realidad fue más oscura de lo previsto: el restaurante era una fachada para lavar dinero de un conglomerado farmacéutico. Los Varga no eran los dueños del juego; eran los activos desechables.

Al salir al estacionamiento, un sedán negro estaba aparcado bajo la luz parpadeante. Un hombre de traje impecable salió del vehículo.

—Doctor Varga —dijo el emisario, omitiendo cualquier saludo—. O debería decir, el hombre que salvó a Arismendi cuando la ciencia de los Varga fracasó. Usted tiene la precisión que buscamos. Si quiere recuperar su nombre, deje de salvar a esta familia. Únase a quienes realmente mueven los hilos.

Julián miró la tarjeta. El juego había cambiado. Ya no se trataba de recuperar su puesto en el restaurante; se trataba de decidir si destruiría a su familia o si los usaría como escudo en una guerra corporativa total.

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