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Chapter 2: La sombra del legado

Julián utiliza su tiempo en la bodega para hackear el historial del médico de la familia, descubriendo que el inversor Arismendi está siendo envenenado. Tras confrontar al médico y salvar al inversor, es expulsado por Don Octavio, pero recibe una oferta de la competencia que revela la insignificancia de la familia Varga en el tablero mayor.

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La sombra del legado

El salón principal del Restaurante Varga aún palpitaba con el eco del pánico, pero para Don Octavio, el colapso del señor Arismendi no era una tragedia humana; era un fallo de logística que amenazaba su solvencia. Mientras el inversor luchaba por aire sobre la alfombra persa, el patriarca se interpuso entre Julián y el cuerpo, bloqueando la vista de los comensales con la urgencia de quien oculta un cadáver en su propia casa.

—¡Fuera de aquí, Julián! —siseó Octavio, con los nudillos blancos de tanto apretar su bastón—. Has arruinado la gala con tu torpeza. ¡Llévenselo a la bodega, ahora mismo! Que nadie vea a este... este sirviente con las manos manchadas de sangre.

Julián no opuso resistencia. Sus ojos, fríos y analíticos, captaron el instante en que Elena, a pocos metros, observaba la escena. En su mirada no había desprecio, sino una chispa de reconocimiento eléctrico que ella intentaba ocultar bajo una máscara de frialdad. Julián se dejó arrastrar por los guardias, sabiendo que la bodega no era un calabozo, sino su centro de mando.

Una vez encerrado, el aire viciado le resultó más honesto que la atmósfera del comedor. Julián no perdió tiempo en lamentos. Sacó su teléfono, el dispositivo que para la familia era un juguete de un pariente fracasado, y lo convirtió en una llave maestra. Mientras afuera la familia Varga urdía una mentira para la prensa, Julián navegaba por servidores encriptados y registros de mala praxis del Dr. Santillán, el médico de cabecera. Cada archivo era una herida abierta en el prestigio de los Varga. Santillán no solo era un incompetente; era un peón en un esquema de falsificación diseñado para mantener a Arismendi bajo una medicación que, irónicamente, lo estaba matando lentamente. La "deuda" que asfixiaba al restaurante no era una crisis financiera, sino un chantaje corporativo donde Octavio era el rehén.

Julián escapó de la bodega aprovechando el descuido de un guardia sobornable y llegó a la enfermería improvisada en un despacho privado. La escena era macabra: Santillán, con manos temblorosas, cargaba una jeringa con un compuesto letal para el cuadro clínico de Arismendi.

—Si inyecta eso, le causará una arritmia fatal en menos de dos minutos —sentenció Julián, irrumpiendo en la sala. Su voz cortó el aire como un bisturí—. Su historial ya tiene demasiadas manchas como para sobrevivir a otra autopsia, Santillán. ¿Quiere que el colegio médico revise sus últimos tres años de prescripciones?

Santillán palideció, dejando de mover el émbolo. Elena, que observaba desde el rincón, se tensó. El aire entre ellos se cargó de una nueva jerarquía: Julián ya no era el camarero, era el hombre que sostenía la vida del inversor y la libertad del doctor.

Arismendi comenzó a recuperar la consciencia. Sus ojos, nublados por el trauma, enfocaron a Julián. El inversor intentó articular una palabra, una señal de reconocimiento hacia el hombre que le había devuelto el aliento.

—Tú… —susurró Arismendi, su voz apenas un hilo.

Antes de que la frase se completara, la puerta se abrió de golpe. Don Octavio irrumpió en la habitación, flanqueado por sus abogados, y se interpuso físicamente entre el inversor y Julián, lanzándole una mirada cargada de odio puro. Mientras era escoltado fuera por los guardias, el teléfono de Julián vibró. Un mensaje cifrado de la competencia corporativa parpadeó en la pantalla: una oferta de trabajo que confirmaba que la familia Varga no era más que un peón en una partida mucho más grande.

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