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Chapter 5: Sincronía de chatarra

Mateo sobrevive a la sobrecarga neuronal tras instalar el registro prohibido y logra una victoria contundente contra Kaelen Vance en la prueba de eliminación. Sin embargo, el esfuerzo físico y la firma energética ilegal del Bastardo lo dejan inconsciente y bajo la mirada directa de los auditores de la Academia, quienes se preparan para confiscar sus recursos.

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Sincronía de chatarra

El aire en el taller de Silas no era aire; era una mezcla espesa de ozono ionizado, aceite quemado y el olor metálico de la desesperación. Mateo se desplomó contra el chasis de El Bastardo, con los pulmones ardiendo y los ojos inyectados en sangre. La sobrecarga neuronal del registro prohibido no se sentía como una mejora; se sentía como si alguien le hubiera clavado agujas calientes directamente en el tronco encefálico.

—¡Maldita sea, Mateo! —Silas le arrebató la llave de impacto, sus manos huesudas temblando mientras ajustaba el flujo de la unidad 7-Beta—. Te dije que el registro no es para humanos. Es para procesadores de grado militar que no sienten el dolor de la disociación. Si tu corteza cerebral se fríe antes de que suene la campana, serás solo un vegetal en una cabina de metal.

Mateo intentó levantarse, pero sus piernas cedieron. El Bastardo, ahora una amalgama de chatarra y tecnología prohibida, emitía un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar los dientes de Mateo. La firma energética era un monstruo oculto bajo una capa de ruido estático, pero la vigilancia de grado 4 de la Academia era un sabueso que no perdonaba. Cada segundo que el motor rugía, la deuda de Mateo crecía en los registros del Escalafón.

—Tengo que... tengo que llegar a la arena —jadeó Mateo, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano—. Kaelen Vance no va a esperar a que mi cerebro se enfríe.

—Vance es un protegido de la élite, Mateo. Si te ve usando esa unidad, te denunciará por fraude técnico antes de que puedas disparar el primer proyectil —Silas le lanzó un casco abollado—. Si vas a morir, que sea con el motor a máxima potencia.

La salida del hangar fue un salto al vacío. El trayecto hacia la arena de la Academia se sintió como una procesión fúnebre, pero el peso del Bastardo bajo sus pies era distinto: era una extensión de su propia voluntad. Al entrar en el sector de pruebas, el contraste fue brutal. La limpieza estéril de las gradas, el brillo de los bastidores de los rivales, el desprecio silencioso de los auditores.

Elena Valerius estaba allí, observándolo desde el palco de los favoritos. Su mirada no era de odio, sino de una indiferencia gélida, la de quien mira a un insecto que está a punto de ser aplastado por una bota de marca.

—¿Eso es lo que traes hoy, Varga? —la voz de Kaelen Vance resonó por los altavoces de la arena, amplificada por su bastidor de última generación—. Huele a desguace y a desesperación. ¿Cuánto te pagaron por humillarte frente a toda la ciudad?

Mateo no respondió. Cerró los ojos y forzó la sincronización. El dolor fue un relámpago blanco, pero esta vez, el Bastardo respondió. La unidad 7-Beta se activó, inyectando energía pura en los actuadores dañados. La máquina cobró vida con una agilidad antinatural. Mateo esquivó el primer cañonazo de Vance por un margen tan estrecho que el calor del proyectil chamuscó la pintura de su hombro.

La arena se quedó en silencio. Mateo ejecutó una maniobra prohibida, un giro de inercia que desafiaba las leyes de la física académica. El Bastardo brilló con una luz azulada, una firma energética que hizo que los sensores de los auditores comenzaran a emitir pitidos de alerta roja. Mateo golpeó, conectó, y el bastidor de Vance se tambaleó, perdiendo integridad estructural en un segundo.

Pero el costo fue total. La visión de Mateo se fracturó en píxeles negros. El dolor en su cráneo se convirtió en un martilleo insoportable. Mientras Vance caía, Mateo sintió que su cuerpo se desconectaba. El Bastardo se quedó inmóvil en el centro de la arena, con su firma energética ilegal brillando como un faro para los auditores que ya bajaban de las gradas.

Mateo se desplomó en la cabina, perdiendo la consciencia mientras el eco de la victoria se desvanecía bajo el peso de la inminente confiscación.

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