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Chapter 4: El precio de la audacia

Mateo arriesga la integridad de su bastidor en un combate callejero para obtener combustible de grado militar. Tras regresar al taller con el bastidor gravemente dañado, convence a Silas de activar un registro prohibido para ocultar su firma energética y potenciar el Bastardo. La activación sobrecarga el sistema y provoca que Mateo pierda el conocimiento justo antes de la prueba de eliminación.

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El precio de la audacia

El zumbido del Bastardo no era un sonido; era un recordatorio de su insolvencia. Cada vibración del giroscopio, un lamento metálico que Mateo sentía en los dientes, le costaba créditos que no tenía. En la consola del taller, la cifra de su deuda parpadeaba en un rojo agresivo, triplicada tras la auditoría de la mañana. Mateo Varga, puesto 85 del Escalafón, estaba a un paso de la ruina total.

—Si entras a ese duelo contra Vance con el Bastardo al quince por ciento de integridad, te van a recoger con pala —sentenció Silas, arrojando una llave inglesa sobre el banco de trabajo. El viejo mecánico no apartaba la vista de la unidad 7-Beta, que emitía un pulso azulado en el pecho del mecha. Era tecnología robada, una firma energética que gritaba «ilegal» a cualquier sensor de la Academia.

—Vance no pelea, compra victorias —respondió Mateo, deslizándose bajo el chasis. El calor residual del reactor le quemaba la espalda—. Necesito combustible de grado militar para compensar la falta de blindaje. Sin eso, no hay sobrecarga, y sin sobrecarga, Vance me desmantela en diez segundos.

—El combustible de grado militar no se vende en el mercado abierto, Mateo. Y si lo consigues en los muelles, atraerás a los auditores como moscas a la carroña.

Mateo no respondió. Salió de debajo del bastidor, con las manos manchadas de una grasa negra que parecía imposible de limpiar. Tenía una cita en los muelles, un lugar donde la ley de la Academia se diluía en la neblina industrial. El vendedor, un hombre de ojos inexpresivos, no pidió créditos. Pidió sangre.

—Un combate de exhibición en el foso. Si el Bastardo sobrevive, el combustible es tuyo —dijo el vendedor, señalando un cuadrilátero improvisado tras los contenedores de carga.

Mateo aceptó. La pelea fue un ejercicio de supervivencia pura. El oponente, un bastidor pesado de clase media, golpeó el sistema de refrigeración del Bastardo con una precisión cruel. Mateo sintió el impacto en su propia columna vertebral a través de la conexión neuronal. El metal chirrió, el vapor amarillento comenzó a escapar de una junta, pero Mateo forzó el actuador derecho, ignorando las alarmas de integridad, y lanzó un contraataque que dejó al otro piloto fuera de combate. Ganó el bidón de combustible, pero el Bastardo quedó al borde del colapso estructural.

De vuelta en el taller, el aire estaba cargado de ozono. Silas examinó el daño con una mueca de desprecio profesional.

—Estás operando al borde del abismo. Si intentas forzar el motor contra Vance con esta fuga, el Bastardo se fundirá en la primera ráfaga de fuego real. La Academia te descalificará y te dejará en la calle.

Mateo sintió la presión de la vigilancia de grado cuatro. Sabía que los auditores estaban analizando cada micro-vibración del Bastardo, buscando cualquier rastro de la unidad 7-Beta. La única salida era la locura.

—Hazlo, Silas —ordenó Mateo, trepando a la cabina—. Activa el registro prohibido. Es la única forma de ocultar la firma energética y superar la potencia de Vance.

Silas dudó. Sus manos callosas temblaron sobre la consola antes de conectar un cable de fibra óptica a un puerto no registrado. El viejo mecánico manipuló los circuitos, saltándose los protocolos de seguridad. De repente, la firma energética del Bastardo comenzó a fluctuar, emitiendo una señal que desafiaba la lógica de la Academia. El taller se iluminó con un destello violento, un sol artificial que drenaba la energía de la unidad 7-Beta con una voracidad salvaje.

Mateo sintió cómo la sincronización neuronal se clavaba en su mente como agujas de fuego. El dolor fue un estallido blanco. El Bastardo rugió, una potencia bruta y prohibida recorriendo sus venas metálicas. Justo cuando el sistema alcanzaba su cenit, el mundo se oscureció y Mateo se desplomó sobre los mandos, perdiendo la consciencia antes de que la Academia pudiera triangular su posición.

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