Cicatrices en el metal
El Bastardo no rugía; se quejaba. Cada vez que Mateo intentaba estabilizar el giroscopio, el chasis emitía un chirrido agudo, un lamento de metal fatigado que le taladraba los oídos. La integridad estructural marcaba un 15% en la pantalla de diagnóstico, una cifra que, en el lenguaje de la Academia, significaba "desguace inminente".
—Tu deuda acaba de triplicarse, Mateo —la voz del viejo Silas salió de la consola, seca como el polvo del sector industrial—. La auditoría de la Federación no perdona el uso de técnicas prohibidas. Si no superas la prueba de obstáculos de mañana, no solo perderás el bastidor. Te embargarán hasta el apellido.
Mateo apretó los dientes, sintiendo el sabor a cobre en su boca. Sus manos, manchadas de una grasa que parecía no salir nunca, se movieron con una urgencia febril sobre el panel de control. Necesitaba una unidad de control de flujo serie 7-Beta. Sin ella, el Bastardo seguiría siendo una trampa mortal que se sobrecalentaba con solo encender los propulsores.
—Si no consigo esa pieza, mañana seré un blanco estático en la pista —respondió Mateo, sin apartar la vista de los circuitos expuestos—. ¿Dónde está el contacto?
—En el mercado de sombras, bajo el sector de refrigeración —Silas suspiró, un sonido cargado de años de derrotas—. Es tecnología robada de los laboratorios de élite. Si te atrapan, no habrá juicio. Solo silencio.
Mateo no esperó más. Salió del taller hacia el mercado, un laberinto de pasillos metálicos donde la luz de neón parpadeaba sobre charcos de aceite. El aire estaba cargado de ozono y el miedo constante de quienes, como él, vivían al margen del Escalafón. Se ajustó la chaqueta, ocultando el parche de cadete que le recordaba constantemente su lugar en la jerarquía: el fondo.
En un puesto oculto tras lonas reforzadas, encontró al vendedor. Era un hombre de ojos artificiales que brillaban con un tono rojizo, antinatural. Mateo dejó caer una bolsa de créditos sobre la mesa de metal. El sonido fue seco, definitivo.
—Busco la 7-Beta. Sin preguntas.
El vendedor sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos. Deslizó una pequeña caja envuelta en papel térmico. Al tocarla, Mateo notó las marcas de serie apenas limadas: propiedad de la Academia. El vendedor se inclinó hacia adelante, su voz un susurro cargado de veneno:
—Ten cuidado, muchacho. Esa pieza no solo regula el flujo; registra cada movimiento. La Academia siempre sabe quién intenta hacer trampas.
De vuelta en el taller, la instalación fue un ejercicio de contención. Mateo insertó la unidad en el núcleo del Bastardo. Un chasquido metálico resonó en la cabina, seguido de una vibración que recorrió todo el chasis. El indicador de respuesta subió un 12%. Era una mejora real, tangible, pero el costo era una inestabilidad que hacía que cada articulación del mecha se quejara con más fuerza. Había ganado velocidad, pero había perdido margen de error.
Una sombra se proyectó sobre la entrada. Elena Valerius, impecable, con el uniforme de la élite que parecía no conocer la suciedad, observaba el bastidor con un desdén que le quemaba la piel.
—He visto tus registros de energía, Varga —dijo ella, su voz fría y precisa—. Esa sobrecarga fue un suicidio técnico. La próxima vez, el sistema te enviará directamente al desguace.
Elena se marchó sin esperar respuesta, dejando tras de sí el aroma a ozono limpio de los laboratorios de la Academia. Mateo se dirigió al Centro de Registro. Al introducir sus datos, la pantalla holográfica mostró su nueva posición: puesto 842. Pero junto al número, una notificación roja parpadeó: Bastidor bajo vigilancia de grado 4.
El agente tras el mostrador, el mismo que le había vendido la pieza, lo miró con una frialdad calculada mientras sellaba su registro para la prueba de fuego real.
—Tu bastidor está marcado, Varga —susurró el agente—. Cualquier fluctuación y serás historia. Tu próximo rival no es un cadete cualquiera. Es el protegido de la élite.
Mateo miró la pantalla. El nombre de su oponente brillaba con la autoridad de quien tiene todos los recursos a su favor. El ciclo de clasificación estaba a punto de cerrarse, y él acababa de entrar en una trampa de la que solo podría salir ganando.