Chatarra a precio de oro
El aire dentro de la cabina de El Bastardo sabía a ozono, sudor rancio y a la derrota inminente que se filtraba por cada junta mal sellada. Mateo Varga observaba el monitor de diagnóstico: un 18% de integridad estructural. Era una cifra de sentencia de muerte. A través del visor agrietado, la Ciudadela de Hierro se alzaba como un templo de cristal y acero, un lugar donde la perfección era el único lenguaje permitido. Frente a él, Elena Valerius, la heredera de la casa Valerius, permanecía de pie junto a la consola de auditoría. Su uniforme, impecable y de un blanco que dolía a la vista, era el contraste perfecto para la chatarra oxidada que Mateo pilotaba.
—Índice de integridad: 18% —la voz de Elena, amplificada por los altavoces del hangar, sonó gélida, desprovista de cualquier rastro de empatía—. Varga, este bastidor es un insulto a la ingeniería de la Academia. Según el protocolo de insolvencia, esta unidad debe ser desguazada hoy mismo para recuperar los materiales de grado A.
Mateo apretó los controles. Sus nudillos estaban blancos, tensos. El Bastardo gimió, un chirrido metálico de placas de blindaje rozando entre sí que provocó una carcajada burlona en las gradas superiores. Él no era un cadete; era un parásito del sistema, un piloto que pagaba sus deudas con el sudor de cada batalla clandestina, mientras ellos nacían con el derecho a la victoria.
—El reglamento permite una última prueba de campo si el núcleo responde al ciclo de sobrecarga —dijo Mateo, manteniendo la voz firme a pesar del temblor en sus piernas—. No me desguaces todavía, Valerius. Tengo un contrato de mantenimiento pendiente y los créditos llegarán al cierre del ciclo.
Elena arqueó una ceja, una expresión de desdén que le quedaba tan natural como su linaje. —Tienes hasta que el cronómetro llegue a cero. Si El Bastardo no completa el circuito de obstáculos, no solo pierdes la máquina. Serás vetado de cualquier Escalafón. Tu deuda pasará a ser responsabilidad de tu distrito, y todos sabemos lo que eso significa para tu familia.
La amenaza golpeó más fuerte que cualquier impacto cinético. Al entrar en la Pista de Pruebas, el aire se volvió denso. El cronómetro parpadeaba en rojo: 00:45 para el colapso total. Los drones de la Academia, elegantes y letales, se posicionaron en formación de tiro. No disparaban para evaluar; disparaban para borrar a los que no pertenecían.
Un proyectil impactó en el hombro izquierdo de El Bastardo, arrancando una placa de blindaje oxidada. La alarma de sobrecalentamiento del núcleo se disparó, un pitido agudo que le perforaba los tímpanos. Mateo sabía que la simulación estaba trucada. Si perdía esta máquina, perdía su única vía de ascenso social. La deuda, ese monstruo invisible, le pisaba los talones desde el día en que nació.
Cerró los ojos un segundo, visualizando el diagrama del núcleo. El Viejo Silas le había hablado de una técnica prohibida, una secuencia de encendido no autorizada que forzaba los condensadores más allá de sus límites. Era un suicidio para el chasis, pero una salvación para su futuro. Mateo activó el bypass. El Bastardo rugió, una vibración violenta recorrió su columna vertebral mientras el bastidor se iluminaba con una energía azulada, inestable y voraz. Con una maniobra de empuje que desafiaba la física de su armazón, esquivó el siguiente disparo del dron y se lanzó hacia la línea de meta, dejando una estela de chispas y metal fundido.
El Bastardo cruzó el umbral justo cuando el reloj se detenía. Pero al salir de la cabina, el silencio era absoluto. Mateo caminó hacia el Mercado de Desguace, con el cuerpo aún vibrando por la sobrecarga. El alivio no llegó. Al consultar su terminal, el saldo parpadeaba en un rojo agresivo: la maniobra había sido detectada. La factura por ‘uso no autorizado de energía de grado militar’ había triplicado su deuda en menos de una hora.
—Estás muerto, muchacho —la voz de Silas, rasposa como una lija sobre metal, resonó desde el interior de su taller. El viejo estaba encorvado sobre un servo, sus dedos manchados de aceite negro bailando entre los cables—. Esa maniobra te ha costado más de lo que jamás ganarás en el Escalafón.
—Necesito una unidad de control de flujo, Silas. De las antiguas, de las que no reportan telemetría —Mateo lanzó su pad sobre la mesa, haciendo que las tuercas saltaran—. El Bastardo se va a fundir si intento otra maniobra de estas.
Silas levantó la vista, sus ojos acuosos escaneando el rostro de Mateo. —Esa pieza no existe en los catálogos legales. Si te la consigo, el Escalafón te marcará como un bastidor ilegal. Pero tengo un contacto... alguien que dice tener lo que buscas. Mañana al amanecer, en el sector muerto del mercado.
Mateo asintió, aunque una duda le heló la sangre: el vendedor era un contacto de la Academia, y cada paso que daba hacia la cima parecía diseñado para llevarlo directo al abismo.