La última escalera
El aire en el nivel inferior de la Academia era una mezcla espesa de ozono, aceite quemado y el miedo acre de los condenados. Mateo se pegó a la pared de hormigón, sintiendo el frío metálico de la estructura contra su espalda mientras los sensores de movimiento de la patrulla de seguridad barrían el pasillo principal. Faltaban menos de cuatro horas para que los hornos de fundición se encendieran; una vez que El Bastardo fuera reducido a escoria, su deuda familiar se volvería impagable y su carrera, un cadáver en los registros oficiales.
En su mano derecha, el chip de anulación —una pieza de hardware ilegal que el Viejo Solís había arrancado de un servidor de mantenimiento— irradiaba un calor sutil. Era su única llave para entrar en el sector restringido de residuos radiactivos.
—Muévete, muchacho —susurró para sí mismo, con la voz apenas un hilo—. Si no lo sacas ahora, ya no quedará nada.
Mateo se deslizó hacia la esclusa del Hangar 4. Al insertar el chip, la luz de estado pasó de un rojo parpadeante a un verde estéril. El mecanismo hidráulico se quejó con un chirrido agudo, pero el sistema, engañado por la secuencia de bypass, se desbloqueó con un siseo de vapor. Dentro, la penumbra era absoluta, solo rota por la luz mortecina de los focos de seguridad. Allí estaba: El Bastardo, suspendido en una garra magnética, desmantelado y con los cables expuestos como tendones de un gigante herido.
—Si conectas ese chip sin estabilizar el flujo, el núcleo se fundirá en el primer arranque —la voz de Solís crepitaba en su comunicador, tensa y ronca—. Es una configuración suicida, Mateo.
—No tengo otra opción —respondió Mateo, mientras sus dedos, manchados de grasa, trabajaban con precisión quirúrgica sobre el chasis central.
Al encajar la pieza, una descarga eléctrica le recorrió el brazo, haciéndole apretar los dientes. La integración no fue limpia; el bastidor protestó con un gemido metálico que resonó en todo el sector. Mateo no estaba reparando la máquina, la estaba obligando a una simbiosis forzada. Al inyectar el protocolo de sincronización, el bastidor cobró vida con un rugido azulado e inestable que hizo vibrar el suelo.
La alarma de seguridad, un zumbido constante que erizaba la piel, estalló de repente. Habían detectado la anomalía. Un escuadrón de limpieza, dos unidades de patrulla con cañones de pulso, bloqueaban la salida principal. Eran el muro que el sistema levantaba contra los que no tenían apellido.
—¡Están aquí! —gritó Solís.
Mateo subió a la cabina. La técnica prohibida, esa coreografía de energía inestable, inundó el sistema. En lugar de intentar esquivar el fuego enemigo, Mateo realizó una maniobra de alta G, una estocada lateral que colapsó un sector del túnel de servicio, sepultando a los escuadrones bajo toneladas de escombros y tuberías de refrigeración. La explosión de polvo y chispas le abrió paso hacia la pista de pruebas.
Emergió en la pista principal justo cuando el evento de cierre estaba por comenzar. El público, una marea de uniformes impecables y rostros de élite, se quedó en silencio al ver al Bastardo entrar, con los paneles de blindaje desiguales y el núcleo brillando con una intensidad azul peligrosa. Valeria Thorne estaba allí, en la línea de salida, con su bastidor inmaculado reluciendo bajo las luces cenitales.
—¿Sigues aquí, Chatarrero? —la voz de Valeria salió por los altavoces, cargada de una condescendencia helada—. He pagado a los técnicos para que ajusten la densidad de la arena en tu carril. Tu bastidor apenas aguantará el primer choque.
Mateo no respondió. Sentía el peso del chip de anulación, un trozo de silicio que le había costado la seguridad de Solís. La Academia le había impuesto una penalización de peso en el chasis, diseñada para humillarlo.
—Si gano, el sistema se cae —murmuró Mateo, apretando los controles.
La señal de inicio sonó. Mateo sabía que era todo o nada: si ganaba, borraba su deuda y exponía la negligencia de la Academia ante todo el sector; si perdía, moriría en la pista. El Bastardo avanzó, con la integridad estructural crujiendo bajo la presión de la técnica prohibida, listo para el primer y único intercambio que definiría su destino.