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Chapter 12: Cielo de Acero

Mateo derrota a Valeria Thorne en el duelo final, utilizando una técnica prohibida y el protocolo de anulación para exponer la corrupción de la Academia ante el público, rompiendo así el sistema de ranking y asegurando su libertad.

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Cielo de Acero

El rugido de El Bastardo no era el sonido de una máquina de élite; era el quejido de un animal herido que se negaba a morir. Dentro de la cabina, el aire olía a ozono y a sudor frío. Mateo Vega sentía cada vibración del núcleo inestable en sus propios huesos, una resonancia que amenazaba con fracturar sus vértebras antes de que el duelo terminara. A pocos metros, el Valkiria de Valeria Thorne aguardaba, una escultura de cromo y sensores de precisión que parecía burlarse de la chatarra que Mateo pilotaba.

—Cadete Vega, su presencia aquí es una violación directa del protocolo de desmantelamiento —la voz del Juez Supremo retumbó en la arena, amplificada para que los miles de espectadores en las gradas no perdieran detalle—. Su licencia ha sido revocada. Abandone el bastidor o será reducido a cenizas por los sistemas de defensa.

Mateo no respondió. Sus dedos, callosos y marcados por años de trabajo en los niveles inferiores, se movieron con una velocidad que desafiaba el temblor de sus manos. Conectó el chip de anulación que el Viejo Solís le había confiado, el último vestigio de la verdad que el sistema intentaba enterrar. El dolor en su nuca fue un relámpago; el sistema central de la Academia, diseñado para rechazar cualquier intrusión, se vio forzado a reconocer el código de acceso maestro.

—Registro forzado aceptado —la IA de la arena, despojada de su autoridad por el protocolo, anunció el duelo como oficial.

El cronómetro sobre la pista marcó tres segundos. Valeria, lejos de mostrar miedo, activó los propulsores de su bastidor. El zumbido armónico de Valkiria era puro, una sinfonía de ingeniería que contrastaba con el traqueteo errático de Mateo. La pista, una red de placas móviles, comenzó a configurarse. Valeria, conociendo cada centímetro de la arena, forzó un bloqueo táctico que dejó a Mateo atrapado en un pasillo de acero, obligándolo a frenar en seco.

—El sistema no te quiere aquí, chatarrero —la voz de Valeria se filtró por la frecuencia abierta, cargada de una condescendencia que ocultaba una pizca de nerviosismo—. Tu bastidor es un insulto a esta academia. Ríndete y ahorra a tu familia la vergüenza de ver cómo te desguazan en público.

Mateo ignoró el veneno. Sus ojos, entrenados para ver fallas donde otros veían perfección, detectaron el micro-retraso en el sensor de presión de la placa que se elevaba frente a él. Era una falla de calibración, un error que solo un técnico que había pasado años reparando bastidores descartados podría identificar. En lugar de frenar, Mateo aceleró. Inclinó a El Bastardo hacia el vacío de la placa ascendente, usando la inercia de la trampa para catapultarse por encima de la trayectoria de Valeria. El impacto fue brutal: el bastidor de Mateo colisionó contra el flanco de Valkiria, rompiendo su escudo cinético y dejando el núcleo de la rival expuesto.

—Sincronización de Núcleo Inestable: activar —ordenó Mateo.

El interior de la cabina se volvió un infierno de luz azul. El calor era insoportable, pero el bastidor, por primera vez, respondió con una fluidez aterradora. Mateo inmovilizó a Valkiria con una llave de presión, dejando su cañón principal a centímetros de la cabina de Valeria. El silencio en las gradas fue absoluto, un vacío que pesaba más que el acero.

Mateo no esperó la sentencia. Conectó el chip de anulación al puerto de enlace de la arena. La pantalla central de la Academia parpadeó, se tiñó de rojo y luego comenzó a vomitar datos. Los registros de mantenimiento, los archivos ocultos de la manipulación de la pista y la lista negra de cadetes desechables se proyectaron en alta resolución ante toda la multitud. El rostro de Valeria, visible a través de la escotilla, pasó de la arrogancia a un terror absoluto cuando los esquemas de su propio bastidor, modificados ilegalmente para obtener ventaja, quedaron expuestos.

Mateo forzó la apertura de la escotilla de El Bastardo. El vapor tóxico del núcleo, hirviente y denso, envolvió su figura mientras descendía a la pista. La escalera de la Academia se había roto bajo sus pies, y con ella, el orden que lo mantenía encadenado. La deuda estaba pagada, pero al mirar hacia las gradas, Mateo supo que el verdadero ascenso apenas comenzaba. El sistema no caería por un solo duelo, pero ahora, por primera vez, el mundo sabía que el chatarrero podía romper sus reglas.

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