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Chapter 10: Bajo la mirada del sistema

La Academia confisca el 'Bastardo' tras una auditoría forzada, dejando a Mateo desarmado pero en posesión del chip de anulación. Con la ayuda de Solís, Mateo se prepara para una incursión desesperada al hangar de desmantelamiento antes de que su bastidor sea destruido.

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Bajo la mirada del sistema

El estruendo de las botas blindadas contra el suelo metálico del taller del Viejo Solís no fue un aviso, sino una demolición. Mateo Vega se quedó petrificado frente a la consola, con los dedos aún entumecidos tras haber extraído el chip de anulación de seguridad. El fragmento de silicio, una astilla de metal frío, quemaba en su bolsillo como una brasa. Era el código fuente de la injusticia que lo mantenía en la miseria, y ahora, era su sentencia de muerte.

—¡Orden de auditoría de nivel siete! ¡Abran paso! —rugió una voz distorsionada por un casco reglamentario.

Dos escuadrones de la Academia, vestidos con el blanco inmaculado de la administración, irrumpieron en el espacio confinado. No venían a negociar. El Viejo Solís intentó interponerse, su figura encorvada apenas un obstáculo frente a la mole de un oficial de limpieza. Un golpe seco en el hombro lo envió contra una estantería de repuestos; el metal chirrió al ceder. Mateo vio cómo el 'Bastardo', su única oportunidad de ascenso, era rodeado por cables de sujeción magnética. El bastidor lucía su integridad estructural del 12% como una herida abierta; los parches de aleación barata brillaban bajo las luces frías de los inspectores. Para ellos, era chatarra peligrosa que ocultaba una técnica prohibida. Mateo apretó los puños, pero el peso del chip en su bolsillo lo mantuvo anclado a la realidad: si luchaba, perdería la llave maestra. Dejó que se lo llevaran, observando cómo el Bastardo era arrastrado fuera del taller, una silueta destrozada que marcaba el fin de su estatus como cadete.

El aire en la sala de detención administrativa era reciclado, estéril y olía a ozono quemado. Mateo estaba sentado en una silla de polímero atornillada al suelo, con las manos esposadas a una barra metálica. Frente a él, una pantalla holográfica proyectaba el registro de confiscación: el 'Bastardo' aparecía como 'Activo de Riesgo: En proceso de desmantelamiento'. La puerta neumática se deslizó con un siseo. Valeria Thorne entró, su uniforme impecable contrastando con el gris industrial de la estancia. No traía un bloc de notas, sino una mirada de triunfo absoluto.

—El Bastardo no volverá a pisar la arena, Mateo —dijo ella, deteniéndose a pocos centímetros. El perfume caro que usaba le resultaba ofensivo—. La auditoría ha clasificado tu bastidor como una aberración técnica. Mañana será trasladado al fundidor de alta seguridad en el sector de residuos radiactivos. Lo convertirán en lingotes antes de que caiga el sol.

Mateo sintió un vacío gélido, pero mantuvo la barbilla alta. Thorne no sabía que el verdadero poder, el protocolo de anulación que podía desestabilizar la jerarquía de la Academia, estaba oculto en su propia ropa. Si ella lo supiera, ya estaría muerto. Thorne se retiró con la seguridad de quien cree que el juego ha terminado, sin darse cuenta de que, al condenar al Bastardo, le había dado a Mateo el único motivo que le faltaba para quemar el sistema desde dentro.

Horas después, el zumbido de los drones de vigilancia de la Academia perforaba el aire húmedo de los niveles inferiores. Mateo se ocultaba tras una pila de chatarra oxidada en el Distrito 9, esperando la señal del Viejo Solís. El viejo técnico, con la mirada cargada de una culpa que no intentaba ocultar, se le acercó entre las sombras de los conductos de ventilación.

—Han bloqueado las salidas del sector. No es una auditoría rutinaria, Mateo. Es una purga —susurró Solís, entregándole un escáner manual modificado—. He provocado un cortocircuito en el hangar 0. Los drones se dirigirán allí en menos de diez minutos. Es tu única oportunidad.

Mateo no respondió con palabras, solo asintió. La placa del chip en su bolsillo estaba caliente, un recordatorio físico de la traición del sistema. La Academia no solo quería su bastidor; quería borrar el precedente que su ascenso representaba. Mientras se deslizaba hacia las sombras, sabiendo que cada paso lo alejaba de la legalidad y lo acercaba a la muerte, Mateo comprendió que la final de la temporada no sería una competencia, sino una guerra. Si no recuperaba al Bastardo antes de que el metal se fundiera en el olvido, su carrera y su vida terminarían en la oscuridad de los niveles inferiores. Se preparó para la incursión solitaria, con la certeza de que, al otro lado de esa puerta, ya no quedaba espacio para la piedad.

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