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Chapter 9: La verdad del registro

Mateo logra descifrar el protocolo de anulación de seguridad tras una huida desesperada, descubriendo que el Viejo Solís fue el arquitecto original de la injusticia del sistema. Antes de poder usarlo, la Academia irrumpe en el taller, confiscando el 'Bastardo' y dejando a Mateo como un objetivo marcado, aunque con la llave maestra oculta en su poder.

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La verdad del registro

El zumbido de los servidores centrales de la Academia Cielo de Acero no era un sonido, sino una presión física que le taladraba el cráneo a Mateo. En la pantalla del Bastardo, el código de acceso —un flujo de datos que debería haber sido indescifrable— se desmoronaba como arena ante sus dedos. La alarma de seguridad no sonó de inmediato; primero, las luces de los pasillos administrativos cambiaron de un blanco clínico a un rojo sangre parpadeante, un aviso silencioso de que el sistema había detectado la intrusión.

Mateo no esperó a que los escuadrones de limpieza bloquearan las salidas. Con el Bastardo gimiendo por la fatiga del metal en cada articulación, se lanzó por el conducto de ventilación del sector de carga, un camino de ratas diseñado para mantenimiento, no para una máquina de tres toneladas. La integridad estructural de su bastidor marcaba un crítico 12%. Cada movimiento era una apuesta contra la física; si un actuador cedía, Mateo quedaría atrapado en la red de acero, una presa fácil para la justicia rápida de la Academia. Sabía que su firma energética era un faro, así que activó una maniobra de enfriamiento térmico prohibida: un sacrificio de presión que desvió el calor del núcleo hacia los escudos externos, engañando a los sensores térmicos por el tiempo justo para deslizarse hacia el taller del Viejo Solís.

El aire en el taller sabía a ozono y a aceite quemado. Sobre el banco de trabajo, la tableta de datos parpadeaba con una luz roja intermitente. El protocolo de anulación que había extraído de los servidores centrales ya no era una serie de líneas abstractas; desplegado en la pantalla, mostraba la arquitectura de control de cualquier bastidor de clase estándar.

—No es solo un truco de combate, Solís —dijo Mateo, sin apartar la vista de los diagramas que flotaban en el aire—. Es una llave maestra. Puedo apagar cualquier bastidor en la pista. Puedo dejar a Valeria Thorne inmóvil en medio de un duelo oficial con solo una secuencia de comandos.

El Viejo Solís, que limpiaba una junta de sellado con manos temblorosas, dejó de moverse. Sus hombros se encorvaron, como si el peso de la verdad fuera una carga física que finalmente decidía aceptar.

—Tú diseñaste esto, ¿verdad? —la voz de Mateo era un filo frío—. Tú creaste la injusticia que hoy mantiene a los de mi clase en el fondo del pozo. Este sistema de ranking... es un juego amañado por tu propia mano.

—Lo hice para evitar que el poder se dispersara —susurró Solís, sin mirarlo—. Pensé que si controlábamos la estabilidad de los núcleos, evitaríamos las guerras de bastidores que destruyeron mi generación. Pero la Academia lo convirtió en una cadena para mantener a los cadetes como tú bajo su bota. Toma las llaves, Mateo. Si quieres quemar el sistema, el código es tuyo.

Mateo sintió el peso de la redención del viejo, pero no había tiempo para el perdón. Se sumergió en el registro, integrando el protocolo en el núcleo del Bastardo. El proceso era agónico; cada línea de código inyectada debilitaba la integridad del bastidor, llevándolo al límite de la desintegración. El Bastardo gemía sobre los soportes hidráulicos, saltando chispas desde el panel de control. Mateo ignoró el dolor, ignoró la fatiga, y cuando la sincronización finalizó, la pantalla mostró una realidad nueva: cada bastidor de élite en la Academia aparecía marcado con un punto de vulnerabilidad. Tenía el poder de hackear el sistema desde dentro.

Justo cuando la euforia de la ventaja táctica lo embargaba, un estruendo metálico sacudió las paredes del taller. Las luces se apagaron y el sonido de botas tácticas resonó en el pasillo. La voz de Valeria Thorne, amplificada por los altavoces de la Academia, cortó el aire:

—Cadete Mateo Vega, se le acusa de intrusión y robo de propiedad intelectual. Entregue el bastidor Bastardo para su confiscación inmediata o enfrentará la purga total.

Mateo actuó por instinto. Transfirió el protocolo a un chip de memoria externo y lo escondió en el doble fondo de su bota justo antes de que la puerta fuera volada. Mientras los oficiales lo arrastraban fuera, vio cómo rodeaban al Bastardo. Sabían que era una anomalía, pero no sabían que, al llevárselo, habían dejado a Mateo con la única llave que podía desactivar toda la Academia. El bloqueo de temporada apenas comenzaba, y él estaba listo para romper el tablero.

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