Duelo en el sector de carga
El aire en el Sector 4-B sabía a ozono quemado y aceite rancio, un aroma que Mateo conocía demasiado bien. Pero esta vez, el peso del silencio no era una pausa; era una sentencia. Apenas veintiocho días para el cierre de temporada y la Academia, ese monstruo de engranajes y jerarquías, finalmente había decidido que el 'Chatarrero' era una plaga que debía ser erradicada.
—No tienes a dónde correr, Vega —la voz de Valeria Thorne resonó, fría y amplificada por los altavoces de su bastidor de élite. La máquina, una reliquia de diseño impecable bañada en blanco perla, bloqueaba la salida principal. Detrás de ella, dos escoltas con bastidores estándar cerraban el flanco.
Mateo apretó los controles. El Bastardo gimió; una vibración metálica recorrió todo el chasis, recordándole la fisura estructural que amenazaba con partir el torso en dos. No era una pelea justa, nunca lo había sido. Pero él tenía algo que ella no: la evidencia física de que la Academia recicla los bastidores de cadetes desaparecidos para mantener su monopolio de poder. Si lo capturaban, las pruebas desaparecerían en la trituradora antes de que pudiera parpadear.
—¿Vienes a recuperar tu dignidad o solo a seguir los órdenes de los que te alimentan, Thorne? —respondió Mateo. Sus dedos danzaron sobre el panel, activando la 'Sincronización de Núcleo Inestable'. La energía fluyó, violenta y prohibida, haciendo que el Bastardo rugiera con una firma energética que hizo que los sensores de los escoltas de Thorne se volvieran locos.
Thorne disparó. Un haz de energía pura impactó contra un contenedor de piezas justo al lado de Mateo, lanzando metralla de metal fundido por todo el pasillo. Mateo no retrocedió. Utilizó el impulso de la sobrecarga para lanzar el Bastardo hacia adelante, inyectando un proyectil de desguace cinético directamente hacia la articulación de la pierna de la máquina de Thorne. El impacto fue brutal. El bastidor de élite, diseñado para la perfección y no para el castigo, se dobló bajo el peso de su propia inercia. Thorne gritó por los altavoces cuando su sistema de equilibrio colapsó, dejando su bastidor cojo y expuesto en medio de la sala de carga.
Mateo no se quedó a disfrutar la humillación. Sabía que su firma energética, esa anomalía prohibida que acababa de liberar, ya estaba grabada en los registros de la Academia. Se deslizó por la salida de emergencia, con el Bastardo humeante y al borde del colapso, mientras las alarmas de seguridad comenzaban a aullar por todo el nivel.
Horas después, en el taller subterráneo del Viejo Solís, la realidad golpeó más fuerte que el combate. Mateo se dejó caer sobre el banco de trabajo, con las manos temblando tanto que apenas pudo soltar la llave de impacto. Sobre la mesa, el monitor de diagnóstico del Bastardo parpadeaba con una luz roja intermitente.
—Lo lograste, pero nos acabas de poner una diana en la espalda —gruñó Solís, sin apartar la vista de los circuitos expuestos de la rodilla del bastidor. La soldadura chisporroteó, soltando un humo denso—. Ya no eres solo un chatarrero. Eres una anomalía. La Academia no va a enviarte un comité de bienvenida, van a enviar a los escuadrones de limpieza.
Solís le lanzó una tableta con los datos de telemetría. Los números no mentían. Mateo había entrado en el Top 10, pero por un margen de un solo punto, y el sistema de la Academia acababa de bloquear el ranking para la temporada. La cacería oficial había comenzado.