La conspiración de los recursos
El vapor escapaba de las articulaciones de El Bastardo con un siseo metálico, un sonido que a Mateo le perforaba los oídos como un recordatorio de su inminente bancarrota. La fisura en el chasis del hombro derecho era una herida abierta, una cicatriz de la última auditoría que amenazaba con partir el mecha en dos ante el menor impacto. Faltaban veintiocho días para que la escalera de la Academia se bloqueara, y su bastidor, su única llave para salir de la miseria, estaba muriendo.
Mateo entró en el taller de 'El Tuerto', un sótano saturado de aceite quemado y el olor dulzón de los cables fundidos en los niveles inferiores. El mercader lo observaba con ojos vidriosos.
—Necesito una placa de refuerzo de grado militar, aleación de titanio-carbono —dijo Mateo, arrojando sobre el metal oxidado el último puñado de créditos que había conseguido—. La fisura es crítica. Si no la sello, el Bastardo no pasará la próxima inspección.
El Tuerto rebuscó en un montón de chatarra, sus dedos callosos moviéndose con una familiaridad inquietante. Sacó una placa reluciente. Al recibirla, Mateo sintió un peso extraño: un grabado láser apenas visible en el reverso. V-774. El sello de la Vanguardia, la unidad de élite. Mateo palideció. Eso no era chatarra, era propiedad confiscada.
Horas después, en la penumbra del archivo de datos, la pantalla teñida de rojo clínico confirmaba sus sospechas. La placa pertenecía al cadete Elian Kross, dado de baja tras una 'falla catastrófica' la semana anterior.
—Si sigues tirando de ese hilo, Mateo, el sistema no te ignorará como una anomalía técnica. Te borrará como a un error de cálculo —la voz del Viejo Solís surgió de las sombras.
Mateo no respondió. La verdad era un martillo golpeando su pecho: la Academia no solo entrenaba pilotos, los cosechaba. El sistema era un ciclo cerrado de destrucción y reciclaje para mantener a la élite en la cima. Decidió que aquella placa, y la información que contenía, era su única moneda de cambio real. Su vida ya no dependía solo de su habilidad, sino de cuánto daño pudiera hacerle a la reputación de Thorne.
Al día siguiente, en el sector de carga 4-B, el aire sabía a ozono. Mateo observó desde las sombras cómo el técnico Halloway extraía actuadores impecables de un bastidor desmantelado. Valeria Thorne apareció, su uniforme impecable contrastando con la suciedad del hangar.
—Es un desperdicio dejar esto aquí —masculló Halloway.
Mateo encendió su grabador de espectro, oculto en la manga. Thorne se acercó, su voz gélida cortando el aire.
—El progreso requiere sacrificios, Halloway. Vega es el siguiente en la lista para ser 'reciclado'. Asegúrate de que su bastidor sea el próximo en entrar en la prensa.
El corazón de Mateo se detuvo. No era una auditoría; era una ejecución programada. Antes de poder retirarse, los drones de seguridad de Thorne detectaron su firma.
—Sabía que eras una rata escarbando donde no debes, Vega —dijo Thorne, emergiendo de las sombras.
Mateo activó El Bastardo en el espacio confinado. La 'Sincronización de Núcleo Inestable' rugió, forzando la fisura estructural. La firma energética de su bastidor estalló en los sensores de la Academia como una bengala. Los drones abrieron fuego. Mateo maniobró con una desesperación letal, lanzando un golpe de presión que hizo colapsar una torre de contenedores sobre los drones. Logró escapar hacia los túneles de mantenimiento, pero sabía que el precio era alto: ya no era un cadete con problemas técnicos, era un objetivo marcado. La Academia ahora sabía exactamente quién era, y solo le quedaban veintiocho días para sobrevivir al sistema que él mismo acababa de exponer.