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Chapter 3: La jaula de oro

Julián se infiltra en la mansión Valdés haciéndose pasar por auditor externo. Encuentra el despacho de Elena y descubre un cuaderno con pruebas de sobornos que vinculan directamente al Comisario Rivas. Baja al búnker por un conducto, confirma que Elena está viva pero sedada y vigilada por un hombre que lo esperaba. Activa una trampa, pierde el teléfono en la huida, escapa por una ventana y descubre que su rostro ha sido difundido como principal sospechoso, reduciendo el plazo a 96 horas.

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La jaula de oro

Julián Varga salió del cibercafé por la puerta trasera mientras las sirenas se acercaban desde tres direcciones. El código biométrico que acababa de usar para confirmar la ubicación del búnker ya había activado la trampa que Rivas le había tendido. 142 horas. Eso era todo lo que quedaba antes de que el rastro de Elena Valdés desapareciera del sistema como si nunca hubiera existido.

Corrió entre callejones hasta que el aliento le quemó los pulmones. En su mano temblaba el pendrive con la nota de voz y las coordenadas exactas: subsuelo de la mansión Valdés, no un lugar remoto. Elena no había sido llevada lejos; la habían encerrado en su propia casa. Y alguien la vigilaba desde dentro.

Tenía que entrar antes de que el cerco se cerrara por completo.

Tres horas después, disfrazado con el uniforme de auditor externo que había falsificado con los datos robados de Aris, Julián cruzó la verja principal de la mansión Valdés. El escáner de palma dudó un segundo más de lo normal antes de pasar de rojo a verde ámbar. Sintió el clic de la cámara girando hacia él como un dedo que lo señala.

El vestíbulo olía a cera cara y desinfectante industrial. El servicio se movía con la precisión de quien sabe que cualquier error se paga con el despido o algo peor. Nadie lo miró a los ojos. Mejor así.

Subió al segundo piso por la escalera de servicio, evitó los ascensores con reconocimiento facial. Llegó al despacho privado de Elena. La puerta de caoba cedió con la llave maestra clonada. Dentro, el escritorio estaba impecable, pero el cajón central tenía marcas recientes de haber sido forzado y vuelto a cerrar.

Sobre la superficie de cuero encontró un cuaderno de tapas negras. No era el Libro Negro, pero era sangre del mismo animal: páginas llenas de iniciales, fechas, cantidades en dólares y transferencias a cuentas offshore. Al final, una nota escrita a mano con la letra nerviosa de Elena:

“R. recibe órdenes directas. No confíes en nadie que use el sello de cera familiar. Están vendiendo mi silencio.”

Julián sintió el pulso en la garganta. Rivas. El Comisario Rivas aparecía en tres entradas con la misma cantidad: el precio de mantener a Elena sedada y contenida.

Debajo del cuaderno, un plano impreso del subsuelo. Una línea roja marcaba el búnker médico. Coordenadas exactas. Acceso por conducto de mantenimiento detrás de la estantería.

Quitó los libros. La rejilla cedió con un chirrido. El aire frío que subió olía a metal y a medicamento. Y a sudor humano.

Se deslizó por el conducto estrecho, el metal raspándole los codos. Al llegar a la rejilla inferior vio la escena que la nota de voz no había podido mostrar: Elena Valdés sobre una camilla clínica, ojos cerrados, vía intravenosa en el brazo, monitor cardíaco marcando un ritmo lento y artificial. A su lado, sentado en una silla plegable, un hombre de traje oscuro sin insignias. No era personal de seguridad común. Miraba el monitor como quien cuida una inversión.

Julián apretó los dientes hasta que le dolieron. Elena estaba viva. Pero no libre. Y el vigilante no era un guardia cualquiera; era alguien que conocía su cara, porque cuando levantó la vista hacia la rejilla, sonrió con calma profesional.

—Sabía que vendrías, Varga —dijo en voz baja, sin alzar la voz—. El comisario apostó a que no resistirías la tentación.

Julián retrocedió un centímetro. El hombre pulsó algo en su muñeca. Un pitido agudo llenó el conducto. La rejilla se cerró con un golpe hidráulico. Trampa dentro de trampa.

Se arrastró hacia atrás con furia contenida. El conducto tembló cuando alguien golpeó la pared desde el otro lado. Tenía segundos.

Salió por la misma estantería, el cuaderno apretado contra el pecho. Corrió por el pasillo. Voces y botas resonaban ya en la escalera principal. Encontró una ventana de servicio que daba al jardín trasero. La abrió de un codazo. El vidrio estalló. Saltó.

Rodó sobre el césped húmedo. Los reflectores lo bañaron de blanco. Corrió hacia la verja perimetral mientras las alarmas ululaban. En una de las pantallas de seguridad exteriores vio su propia cara ampliada, con el rótulo rojo: SOSPECHOSO PRINCIPAL – DESAPARICIÓN FORZADA.

Alguien acababa de publicar su identidad en las alertas ciudadanas.

Se detuvo un instante tras un seto, jadeando. 96 horas. Ahora eran 96 horas.

No solo lo buscaban. Lo habían convertido en el culpable perfecto.

Y Elena seguía abajo, respirando porque aún les servía viva.

Pero no por mucho tiempo.

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