El precio de la lealtad
El aire en el conducto de ventilación del Archivo Central sabía a cobre, ozono y papel viejo desintegrándose. Julián Varga se arrastró por el metal galvanizado, con las rodillas raspadas y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Abajo, en la sala principal, las botas de los agentes de Rivas resonaban con una cadencia militar que no buscaba archivos, sino cuerpos.
—El perímetro está cerrado —la voz de Rivas, gélida y autoritaria, se filtró por la rejilla—. No quiero que quede ni un solo legajo de los Valdés que no pase por la trituradora. Si encuentran a Varga, no lo detengan. Limpien la escena.
Julián se quedó petrificado. No era una orden de arresto; era una sentencia de ejecución sumaria. La desaparición de Elena Valdés no era un caso que resolver, era un incendio que debían sofocar antes de que la ciudad despertara. Consultó su reloj: quedaban 142 horas antes de que la historia de la heredera fuera purgada de los servidores. Cada segundo oculto era un segundo que le costaba su propia vida. Logró deslizarse hacia el ala de mantenimiento, dejando atrás el edificio mientras las luces se apagaban, sabiendo que ya no tenía un hogar al cual regresar.
El café «La Penumbra» olía a tabaco rancio y a fracaso burocrático. Julián se sentó frente al profesor Aris, manteniendo el abrigo puesto; el frío del archivo aún se le pegaba a la piel. Aris no levantó la vista de su taza de café negro, pero sus manos, marcadas por décadas de manipulación de documentos, temblaban.
—Si has venido por lo de siempre, Julián, ya sabes que el sistema está bloqueado —murmuró Aris—. Los Valdés han movido sus piezas. Rivas tiene una orden de neutralización directa. Es una sentencia.
Julián colocó el dispositivo de almacenamiento sobre la mesa, deslizándolo con la cautela de quien manipula un explosivo.
—Es la voz de Elena. Necesito que la desencriptes antes de que me encuentren.
Aris palideció al ver el sello del expediente. Sabía lo que significaba: el Libro Negro no era una leyenda, era un testamento de sangre.
—¿Quieres que te entregue mi cabeza en bandeja? Si toco ese archivo, Rivas no solo me despedirá, me borrará —replicó el anciano, con los ojos inyectados en terror.
—Si no lo haces, moriremos igual —respondió Julián, cortante—. Pero si me ayudas, al menos sabremos qué le hicieron. Aris, ambos sabemos que esto es más grande que una herencia mal administrada.
El mentor suspiró, un sonido quebrado por el miedo, y conectó el dispositivo a su terminal portátil. Mientras el software trabajaba, una patrulla de Rivas rodeó el café. Las luces azules y rojas bañaron las paredes del local, un zumbido que cortaba el aire como una condena. Aris, comprendiendo que su tiempo había expirado, le entregó el disco duro desencriptado a Julián.
—La ubicación es un búnker privado. Pero escucha, Julián… no eres el único que está buscando. Rivas tiene ojos en todas partes. Vete ya.
Julián huyó por el callejón trasero mientras veía cómo los hombres de Rivas irrumpían en el café, arrastrando a Aris hacia una furgoneta negra. El peso de la culpa le quemaba en el pecho; otro aliado sacrificado en el altar de su obsesión.
Ya en un refugio temporal, Julián conectó el dispositivo. La interfaz reveló un mapa de acceso al distrito financiero y un código de entrada a un búnker. Pero antes de que pudiera descargar la ruta, una luz roja comenzó a parpadear en el monitor. El sistema no estaba bloqueando el acceso; lo estaba rastreando.
—Maldita sea, Aris —masculló Julián. La clave de su mentor no era un pase de entrada; era un cebo diseñado para activar el software de vigilancia de Rivas. Al usarla, había enviado su ubicación exacta a la central policial. El sistema de seguridad, lejos de ser un laberinto neutral, era un mecanismo de caza diseñado para neutralizarlo.
Mi mentor me dio la clave, pero al hacerlo, activó una alarma en el sistema de vigilancia de Rivas. Mientras el software terminaba de cargar, una imagen de baja resolución apareció en la pantalla: Elena estaba viva, pero no estaba sola. Alguien la estaba vigilando desde adentro del búnker.