Rescate en el mercado negro
El aire en los conductos de ventilación de la Academia sabía a ozono quemado y metal viejo. Kaelen se arrastraba sobre las rejillas de acero con el Manual Prohibido latiendo contra su pecho como un segundo corazón; cada pulsación drenaba una brizna de su vitalidad para mantener su firma energética a cero frente a los sensores de purga. Abajo, en el nivel de almacenamiento de datos, las luces de emergencia parpadeaban en un rojo agónico. Faltaban menos de ocho minutos para el cierre del ciclo de temporada. La campana de la Academia resonó en la estructura, un tañido sordo que vibró en sus huesos, marcando el momento en que cualquier estudiante sin rango legal sería borrado de los registros y, por extensión, de la existencia física dentro de los muros. Kaelen no era un estudiante; era un paria. Un blanco móvil.
Al llegar a la compuerta del núcleo, sus manos, temblorosas por el esfuerzo de la técnica de ocultación, se deslizaron por la interfaz. El panel táctil escaneó su mano, pero en lugar de rechazarlo, el Manual forzó una intrusión en el protocolo de seguridad. La pantalla mostró un estado del tablero que le heló la sangre: el sistema no estaba simplemente purgando nombres, estaba borrando activamente los registros de corrupción que él mismo había filtrado a la red. Vane no estaba esperando a que el sistema terminara; estaba acelerando el borrado para enterrar la verdad antes de que alguien pudiera descargarla.
Kaelen se dejó caer en el pasillo de las mazmorras. El rastro de sangre sobre la piedra marcaba su entrada como una sentencia de muerte. Al fondo, Lira estaba encadenada a un pilón de supresión. Sus ropas estaban desgarradas y su rostro mostraba la palidez de quien ha sido drenada sistemáticamente para alimentar las luces de la Academia. Al verlo, sus ojos no mostraron alivio, sino un terror gélido.
—Vete —susurró ella, con la voz quebrada—. Vane no es el arquitecto, Kaelen. Él es solo un peón. Si te quedas, te convertirán en parte del mobiliario de este lugar.
Kaelen no respondió con palabras. Colocó su mano sobre el mecanismo de bloqueo del pilón. El Manual vibró, consumiendo lo poco que le quedaba de energía vital. Un arco voltaico azul saltó entre sus dedos y el metal de la celda se fundió con un chirrido agudo. Lira cayó a sus pies, apenas consciente, entregándole un cristal de datos con manos trémulas.
—Es el registro de transacciones —dijo ella—. Conecta a la Academia con la Secta del Vacío. Si lo publicas, el sistema no podrá ocultarlo, pero Vane te matará antes de que termine la subida.
Kaelen no esperó. Corrió hacia la Arena de Pruebas, con el tiempo agotándose en su visión periférica: 04:12. El aire en la arena estaba cargado con el ozono de los escudos de contención y el hedor a sudor de miles de estudiantes que, por primera vez, no miraban hacia el palco de los jueces, sino hacia las pantallas de flujo de datos. Kaelen irrumpió en la plataforma central, su piel grisácea por el drenaje de vitalidad.
—¡Se acabó el ciclo! —gritó, su voz amplificada por los conductos que aún mantenía bajo su control—. ¡Miren lo que la Academia llama 'contribución de rango'!
Con un gesto, activó la llave maestra. En las pantallas gigantes, los registros financieros de Vane se desplegaron en tiempo real. No eran solo números; eran nombres de estudiantes desaparecidos, convertidos en baterías espirituales. El murmullo de la multitud se transformó en un rugido de incredulidad. El Supervisor Vane, desde su posición elevada, dio un paso al frente, su rostro una máscara de desprecio gélido. Sus guardias, armados con lanzas de energía, dudaron. La evidencia era irrefutable; si actuaban contra Kaelen ahora, la red pública registraría el asesinato en directo, invalidando sus propias licencias.
El sistema de la Academia comenzó a colapsar bajo el peso de la evidencia, las luces parpadeando violentamente. Pero cuando Vane pareció derrotado, una figura imponente emergió de las sombras de la arena, envuelta en una autoridad que hizo que los guardias se arrodillaran al instante. Kaelen sintió un frío absoluto: Vane no era el final, era solo el portero. El verdadero dueño de la escalera acababa de llegar, y su mirada estaba fija en el paria que acababa de romper el juego.