El precio de la verdad
El aire en los conductos de ventilación sabía a ozono y a la estática agria de la purga. Kaelen se arrastraba entre los paneles de metal, con el costado derecho ardiendo por la herida abierta durante su huida de la Cámara de Registros. Sus dedos, entumecidos por el frío, se aferraban al manual prohibido; el artefacto vibraba contra su piel, una reliquia de sectas caídas que succionaba su vitalidad con una voracidad mecánica. Para la Academia, él ya no era un estudiante, sino un error de redondeo, un paria legalmente borrable.
Abajo, el murmullo de los ejecutores de Vane resonaba contra el mármol. «Anomalía detectada. Autorización de purga inmediata», bramó una voz metálica por los altavoces. El cronómetro proyectado en su retina marcaba siete minutos y cuarenta segundos. Si no alcanzaba la plataforma central para volcar la evidencia de la extracción espiritual, su existencia sería borrada junto con los registros de la institución. Kaelen se detuvo sobre una rejilla. Abajo, varios estudiantes de bajo rango caminaban con la mirada vacía, sus auras siendo drenadas por los mismos conductos que él tocaba. La injusticia no era un concepto, era el calor robado de esos chicos para alimentar las luces de la subasta. —No hoy —susurró, drenando la energía residual del conducto para sobrecargar los sensores de Vane. La sobrecarga provocó un destello azulado que cegó las cámaras cercanas, dándole el segundo de oscuridad necesario para saltar.
Cayó en la Sala de Subastas, un espacio donde la energía espiritual se negociaba como ganado. Ignorando el dolor, se deslizó hacia la celda de contención tras la cortina de terciopelo. Allí estaba Lira, con las manos bloqueadas por grilletes de supresión. Su rostro, antes arrogante, era una máscara de hematomas. No había sido una traición simple; Lira había intentado vender la ubicación del manual, pero los hombres de Vane la habían descartado al descubrir que ella sabía demasiado sobre el sistema de baterías humanas. Kaelen no la liberó por gratitud. —El código del servidor, Lira. Ahora —ordenó, usando una descarga del manual para fundir los grilletes. Ella lo miró con odio, pero entregó la clave. —Vane ya ha transferido la evidencia a un servidor protegido, Kaelen. Si intentas inyectarla, te quemarás antes de que la red acepte el archivo.
Kaelen corrió hacia la Arena de Pruebas. El tiempo se agotaba: cinco minutos. Se subió al núcleo de la arena, un paria sin rango rodeado por la élite. —¡Supervisor Vane! —bramó Kaelen, su voz amplificada por los cristales de comunicación saboteados—. La verdad no es un recurso para tus subastas. Con un movimiento brusco, activó el volcado. En las pantallas monumentales, los datos de la «purga» se desplegaron: nombres de estudiantes cuyos depósitos espirituales habían sido vaciados para alimentar a los Herederos. La multitud guardó un silencio sepulcral, roto solo por el zumbido de las pantallas. El tablero de poder de la Academia estaba expuesto como un matadero industrial. Vane, desde el palco, no mostró miedo. Con un gesto imperceptible, activó el Protocolo de Anulación de Rango. El aire se volvió denso, opresivo. La placa de Kaelen, antes símbolo de estatus, parpadeó en rojo y se desintegró. —Eres un criminal, Kaelen. Cualquier estudiante tiene permiso de cacería sobre ti —sentenció Vane con una sonrisa gélida.
La campana de cierre de temporada retumbó, un tañido que no marcaba el fin de las clases, sino una ejecución masiva. Kaelen se lanzó hacia la oscuridad de las mazmorras subterráneas, el único lugar donde el sistema de la Academia era vulnerable desde adentro. Sus pulmones ardían, su vitalidad se marchitaba con cada paso, y las botas de los ejecutores ya golpeaban el suelo a pocos metros. Se detuvo ante la puerta reforzada del núcleo de procesamiento. La cerradura no respondía a llaves, solo a la succión directa. Kaelen apoyó la mano en el metal, permitiendo que el manual prohibido drenara su propia energía para forzar la apertura del sistema. Mientras la puerta cedía con un chirrido agónico, el cronómetro llegó a cero. Estaba dentro, solo, y sin rango alguno que lo protegiera de la oscuridad que lo esperaba al otro lado del umbral.