La purga de las cumbres
La campana de la Academia sonó dos veces, un tañido metálico que no marcaba el fin de una clase, sino el inicio de una ejecución. En el Sector de Entrenamiento, las compuertas de hierro cayeron con un estruendo que hizo vibrar el suelo bajo las botas de Kaelen. El cronómetro en el cielo, proyectado por la red de la institución, marcaba ocho minutos para el cierre de temporada. La purga de rango se había adelantado.
El aire en el sector se volvió denso, hambriento. La red de la Academia comenzó a succionar energía de forma indiscriminada para alimentar los núcleos de la élite. Kaelen sintió cómo sus nodos espirituales, apenas estabilizados, intentaban colapsar bajo la presión. A su lado, tres estudiantes de bajo nivel se desplomaron, tosiendo un rastro de qi blanco mientras sus defensas se desvanecían.
Kaelen apretó los dientes, sintiendo el ardor del manual prohibido contra su pecho. Era una reliquia de una secta caída, una llave maestra que se alimentaba de su propia vitalidad. Sacó el libro apenas un centímetro, permitiendo que una gota de sangre de su pulgar activara los glifos. El diagrama que surgió ante sus ojos no era una técnica de cultivo, sino un mapa de frecuencias: el tercer anillo de suministro. Si lograba hackear la red de drenaje, convertiría la purga en su propia fuente de poder.
—Ahora me quieres cobrar —susurró, mientras el dolor de la succión se transformaba en una corriente gélida que le recorría el brazo. El manual respondió, distorsionando la frecuencia del perímetro. La cúpula roja que lo rodeaba parpadeó; por un segundo, Kaelen fue un error que el sistema no podía procesar.
No hubo tiempo para saborear la ventaja. El eco de botas pesadas resonó contra el metal. Tres figuras surgieron de la penumbra: la élite de Vane. Sus armas, herramientas de grado superior diseñadas para la purga, brillaban con una intensidad azulada que amenazaba con incinerar cualquier cosa que tocaran.
—El Supervisor Vane ha marcado tu anomalía —dijo el líder, un joven cuyo rango era un insulto a la escasez que Kaelen sufría a diario—. Entrégate. Tu energía es el combustible que falta para cerrar los huecos que has abierto.
Kaelen no respondió. Su cuerpo, vibrando por el drenaje de la red, actuó por instinto. Cuando el primer atacante lanzó un arco de energía, Kaelen no bloqueó; extendió su mano, activando la técnica de 'Reflejo'. El ataque fue succionado por el manual y transformado en una descarga cruda que Kaelen redirigió hacia el suelo, bajo los pies de sus enemigos. El estallido fue absoluto. Los tres estudiantes cayeron, sus armas despojadas de toda carga. Kaelen los dejó atrás, pero sabía que había dejado una firma de energía única. Vane no solo lo rastrearía; lo cazaría.
Llegó a la Cámara de Registros con el tiempo agotándose. Se desplomó contra el pedestal central, conectando el manual prohibido a la consola de piedra. La descarga de información fue un golpe directo: listas de nombres, diagramas de cámaras de vacío y proyecciones de flujo espiritual. La verdad era atroz: la Academia no formaba cultivadores, los procesaba. Los estudiantes de bajo rango eran destilados hasta la última gota de esencia para alimentar los núcleos de poder de los herederos.
El cerrojo de la cámara cedió bajo la presión de los ejecutores. Kaelen se puso en pie, aferrando los registros, cuando la figura de Vane apareció en el umbral, bloqueando la única salida.
—El juego de los ratones termina aquí, Kaelen —la voz de Vane era una sentencia—. ¿Vas a ejecutarme por descubrir que somos vuestras baterías? —Kaelen alzó los registros, la luz de los glifos proyectando sombras danzantes sobre su rostro—. Tengo la ubicación de los conductos principales. Si esto sale a la luz, la red entera colapsará contigo dentro.
Vane sonrió, una mueca desprovista de calidez. —La información es solo un activo, Kaelen. Y tú acabas de perder tu derecho a poseerlo. He activado la anulación total de tu rango. A partir de este segundo, no eres un estudiante. Eres un paria sin derechos, una anomalía que puede ser eliminada legalmente sin dejar rastro.
El aire se volvió pesado. Kaelen estaba solo, rodeado, y el manual en su bolsillo no dejaba de consumir su vida. La purga acababa de empezar, y él ya no tenía nada que perder.