La red de Lira
El aire en la Biblioteca Central sabía a ozono y pergamino antiguo, una mezcla que le quemaba la garganta a Kaelen. Sus dedos, entumecidos por el esfuerzo, rozaron el busto de piedra que ocultaba el manual prohibido. El artefacto no era un simple libro; era un parásito. Sentía cómo succionaba su energía vital, un drenaje constante que le dejaba los huesos fríos mientras el cronómetro de la Academia, suspendido en el techo del atrio, marcaba siete minutos y cuarenta segundos para el cierre de temporada.
—Kaelen, sal de ahí. Vane ha movido a sus sabuesos a la planta baja —la voz de Lira surgió de la nada, un susurro gélido que apenas se filtró por la estantería. No se dejó ver. Su pragmatismo era una navaja que él ya había aprendido a no tocar.
—Dime dónde están —espetó Kaelen. Sus nudillos estaban blancos mientras presionaba el sello de grado menor que protegía el tomo. La barrera azulada vibró, una malla de energía que intentó repelerlo con una descarga que le erizó el vello de los brazos. Kaelen no retrocedió; activó su técnica de 'Succión de Ambiente'. El sello, diseñado para contener, se convirtió en su fuente de alimento. La energía fluyó hacia su núcleo, estabilizándolo apenas lo suficiente para que el cristal protector se fracturara con un chasquido seco. El manual cayó en sus manos, caliente y pulsante.
—Salida norte bloqueada. Vane no quiere el libro, quiere el cadáver que lo porta para reclamar la reliquia sin testigos —la frialdad de Lira fue su despedida. Antes de que él pudiera exigirle la evidencia prometida, ella se desvaneció. Kaelen se lanzó hacia el conducto de ventilación, con el manual apretado contra su pecho como un escudo, mientras el eco de las botas de los guardias de Vane subía por las escaleras.
El Mercado de los Susurros estaba desierto, una anomalía que le heló la sangre. Kaelen llegó al puesto de elixires, pero el mostrador estaba vacío. En su lugar, un sello de lacre rojo con el emblema de la facción de Vane brillaba con una luz dorada. Al rozarlo, el sello emitió un pulso que resonó en todo el sector. Su ubicación estaba marcada.
De las sombras emergieron seis cultivadores. El líder, un hombre de rostro afilado, desenvainó dagas que destellaban con una luz azulada e inestable.
—El supervisor no tiene paciencia para los errores estadísticos, Kaelen —dijo el líder.
Kaelen no desperdició aire en palabras. Su respiración era un ejercicio de control absoluto. Cuando el primer espía arremetió, Kaelen no retrocedió. Extendió la palma, forzando su técnica de 'Succión'. La energía cinética de la daga fue absorbida, convirtiéndose en un vacío que desestabilizó al atacante. Kaelen canalizó esa fuerza robada en una explosión de energía pura que despejó la plaza, dejando a los espías desarmados y a los espectadores ocultos atónitos ante la magnitud de su crecimiento.
Refugiado en un callejón, Kaelen abrió el manual. La purga se había adelantado. Vane estaba cerrando el cerco, y la evidencia del desvío de recursos que Lira le había prometido era su única moneda de cambio. Ahora, sin aliada y con el artefacto consumiendo su vitalidad, Kaelen comprendió la cruda realidad: la purga no era una prueba, era una ejecución. La campana de la Academia volvió a sonar, un tañido seco que marcaba el inicio del fin. Kaelen contempló el manual, sopesando si integrar la técnica prohibida ahora o esperar al último segundo. La red de Lira se había cerrado, dejándolo solo frente a la maquinaria de Vane.