Duelo de mercado
El aire en la arena de la Academia no era solo calor; era estática pura, el residuo de un duelo que había dejado los sentidos de Kaelen al borde del colapso. Sus pulmones ardían, cada inhalación se sentía como tragar vidrio molido, pero no podía permitirse el lujo de colapsar. En su muñeca, el cronómetro de la temporada parpadeaba en un rojo inclemente: doce minutos para el cierre del ciclo.
Silas, el protegido de Vane, yacía a unos metros, humillado y con su núcleo de energía drenado hasta la sequedad. La técnica de 'Succión de Ambiente' había funcionado, pero el costo físico era una factura que su cuerpo apenas podía pagar. Kaelen se obligó a mantenerse erguido, usando su propia voluntad como una férula para sus huesos temblorosos.
—¿Eso es todo? —la voz de Kaelen salió más ronca de lo que pretendía, pero el eco en la arena fue suficiente para que la élite, observando desde las gradas, contuviera el aliento.
El Supervisor Vane descendió desde el palco, su presencia cortando el murmullo de la multitud como una cuchilla. No miraba a Silas; sus ojos, fríos y calculadores, estaban clavados en Kaelen, diseccionando la anomalía que acababa de romper el equilibrio del duelo.
—Has drenado el flujo de la arena, Kaelen —dijo Vane, su voz resonando con una autoridad que buscaba aplastar cualquier atisbo de desafío—. Has expuesto una técnica prohibida ante testigos. La Academia no tolera el robo de energía residual.
Kaelen sintió el peso del manual de cultivo oculto en su túnica; la reliquia vibraba, hambrienta, alimentándose de la energía vital que él apenas lograba retener. Sabía que Vane no solo buscaba castigarlo; buscaba el artefacto.
—No es robo si el sistema lo permite —respondió Kaelen, manteniendo la mirada—. Si la red de la Academia es tan frágil que un estudiante de bajo rango puede drenarla, quizás el problema no sea mi técnica, sino su gestión.
Un silencio sepulcral cayó sobre la arena. Kaelen acababa de declarar la guerra abierta. A lo lejos, vio a Lira entre las sombras de la salida; ella le lanzó una mirada rápida, un gesto casi imperceptible que confirmaba que la distracción había funcionado. Ella había obtenido lo que quería: los datos de la red. Kaelen, por su parte, había ganado tiempo, pero a un precio altísimo. Ahora era el centro de todas las miradas, un objetivo marcado con una diana invisible.
Kaelen se retiró de la arena con pasos medidos, negándose a mostrar debilidad. En cuanto cruzó el umbral de los pasillos, el dolor lo golpeó con una oleada de náuseas. Se apoyó contra la piedra fría, el cronómetro marcando diez minutos. Tenía que llegar a la Biblioteca Central. El manual necesitaba estabilizarse o terminaría consumiéndolo desde adentro antes de que el cronómetro llegara a cero.
Al doblar la esquina, se encontró con el pasillo bloqueado por dos guardias de la Academia. Vane no perdía el tiempo. Kaelen apretó los dientes, sintiendo la energía residual de la arena aún fluyendo en sus dedos. No podía luchar contra ellos de frente, no en su estado.
—El Supervisor Vane solicita su presencia para una auditoría inmediata —dijo uno de los guardias, con la mano sobre el sello de su arma.
Kaelen sonrió, una mueca de pura desesperación materializada. —Díganle al Supervisor que estaré allí en cuanto termine mi turno de limpieza en la Biblioteca. Las reglas de la Academia son claras: el trabajo de rango inferior es sagrado.
Los guardias dudaron. La burocracia de la Academia era su única armadura. Mientras ellos procesaban la contradicción, Kaelen activó una pequeña ráfaga de succión, no contra ellos, sino contra la lámpara de aceite espiritual sobre sus cabezas. La luz estalló en una lluvia de chispas, sumiendo el pasillo en una penumbra repentina.
Kaelen se deslizó por el hueco, sus pies apenas tocando el suelo. La Biblioteca Central estaba a solo unos metros. El manual en su pecho latía con una intensidad febril. Al entrar, el aire cambió; el olor a pergamino antiguo y magia estancada lo recibió. Se dirigió al sello de grado menor donde había escondido la reliquia.
Tenía ocho minutos. La purga de rango estaba por comenzar. Kaelen sabía que, al salir de aquí, ya no sería un estudiante. Sería un fugitivo con una reliquia prohibida y una reputación que lo convertía en la presa más valiosa de la Academia. Lira había desaparecido, dejándolo solo en el mercado negro, rodeado de espías que ahora sabían exactamente qué buscar.
Kaelen tomó el manual, sintiendo cómo su energía vital comenzaba a drenarse hacia las páginas. El ascenso no era una escalera; era un abismo, y él acababa de dar el primer paso hacia el vacío.