El costo de la ambición
El aire en el dormitorio de bajo rango de la Academia de las Cumbres no se respiraba; se tragaba. Era una estática metálica, un residuo de energía que erizaba los vellos de los brazos de Kaelen. Sobre su escritorio, el manual de cultivo adquirido en la subasta palpitaba con una luz opaca, casi orgánica. No era tinta lo que fluía por sus páginas, sino venas de energía oscura que buscaban una fuente de alimentación.
Kaelen apretó los dientes, conteniendo un gemido. Una punzada aguda, fría como el cristal roto, brotó de la cicatriz en su antebrazo. La reliquia no solo contenía conocimiento prohibido; lo succionaba. Su energía vital, el poco cultivo que había logrado tras meses de hambre, drenaba a través de sus poros hacia el pergamino. Sus dedos, entumecidos, perdían sensibilidad mientras el libro demandaba más, como un animal hambriento.
«Si no encuentro un ancla ahora, el manual me dejará seco antes de que Vane llegue a esta puerta», pensó, viendo cómo su visión parpadeaba, tiñéndose de un gris cenizo. La campana de la Academia resonó en la distancia, un tañido fúnebre que cortó la niebla del campus: faltaban quince minutos para el cierre de temporada. La orden de registro del Supervisor Vane ya estaba barriendo los pasillos; los inspectores de la élite no pedirían permiso.
Kaelen salió al pasillo, moviéndose con una pesadez antinatural. El aire sabía a ozono y a desesperación. En el ala este, la voz metálica de Vane retumbaba con autoridad: —¡Abran todas las celdas! Buscamos la anomalía que drenó el arma del Heredero. Quien oculte tecnología de secta caída será ejecutado por traición.
Kaelen se deslizó por las sombras, con los pulmones ardiendo. Cada paso costaba una fortuna en energía vital. Si intentaba esconder el manual en su habitación, el detector de resonancia de Vane lo señalaría como un faro. Necesitaba ruido, una firma energética tan abrumadora que su propio rastro se disolviera. La Biblioteca Central, con sus miles de tomos antiguos sellados con barreras de contención, era su única opción. Al llegar, se coló entre las estanterías de pergaminos prohibidos, dejando el manual oculto tras un sello de contención de grado menor. El lugar vibraba con el peso de siglos de cultivo acumulado, camuflando su anomalía entre el eco de mil saberes muertos.
Salió de la biblioteca justo cuando los inspectores de Vane doblaban la esquina. Fue interceptado por un subordinado del Supervisor, un hombre de rostro afilado que bloqueó su camino. —Tú. El que drenó el arma de Valerius. Vane quiere una demostración de tu 'talento' en la Arena. Ahora.
En la Arena de Pruebas Públicas, el cronómetro marcaba apenas diez minutos para la purga. Silas, el protegido de Vane, lo esperaba con una espada que destilaba una luz fría. —No eres más que un error de cálculo, Kaelen —escupió Silas, amplificando su voz con los sellos de la arena—. Vane quiere que esta anomalía sea purgada antes del cierre de temporada.
Kaelen no respondió. Sus dedos temblaban. Necesitaba energía y un ancla para canalizar el drenaje del manual. Cuando Silas arremetió con un arco de energía pura diseñado para desmantelar su base espiritual, Kaelen no esquivó. En su lugar, dejó caer sus defensas y activó la técnica prohibida de 'Succión de Ambiente'. En lugar de ser golpeado, el impacto de Silas fue absorbido. Un torrente de energía ajena fluyó hacia el manual oculto bajo su túnica, estabilizándolo a costa de su propia salud. El choque fue brutal; el cuerpo de Kaelen se arqueó, sus venas brillando con un azul enfermizo mientras drenaba el ataque de su oponente hasta dejarlo inerte.
Kaelen ganó, pero el costo fue evidente: su piel estaba pálida y sus manos no dejaban de temblar. Los observadores de la élite, que antes lo ignoraban, ahora lo miraban con una mezcla de miedo y codicia. Había demostrado que su ascenso no era suerte, sino una amenaza. Mientras la campana de cierre marcaba el final de la temporada, Kaelen comprendió la cruda realidad: el manual apenas comenzaba a consumir su energía vital. Si no encontraba un ancla permanente pronto, su ascenso terminaría en cenizas, y ahora, todos los depredadores de la Academia sabían exactamente hacia dónde mirar.