Subasta bajo presión
El aire en la antecámara de la Casa de Subastas sabía a ozono y a la desesperación de los que no tienen derecho a estar allí. Kaelen ajustó su túnica raída, sintiendo cómo el artefacto de la secta caída, oculto contra su pecho, latía con una frialdad antinatural. Faltaban dieciocho minutos para el cierre de la temporada. Si no salía de este edificio con el manual de estabilización, su cuerpo se convertiría en el combustible de su propia técnica prohibida antes de que el sol se ocultara.
—No tienes rango de acceso, 'estudiante' —la voz de Vane cortó el bullicio como una cuchilla. El Supervisor bloqueaba el arco de entrada, con sus insignias de oro brillando bajo la luz de los cristales de maná.
—El rango es una sugerencia para quienes no tienen monedas, Supervisor —respondió Kaelen. Extendió su ficha de acceso, una pieza de obsidiana grabada que Lira le había entregado a un precio que aún le dolía recordar. Vane la examinó, sus dedos rozando la superficie con desdén, pero el sello de la ficha era legítimo. Con un gruñido, el Supervisor se hizo a un lado, aunque sus ojos prometieron una auditoría personal en cuanto la sesión terminara.
Dentro, el ambiente era una jaula de cristal y codicia. Kaelen se mantuvo en la penumbra, con los nudillos blancos de tanto apretar la bolsa de cuero que contenía sus últimas seis mil monedas. En el estrado, el subastador presentó el lote cuarenta y dos: un manual de cultivo de la era previa a la Gran Purga. Era la llave. Si lograba ese tomo, la 'Succión de Ambiente' dejaría de ser un suicidio físico para convertirse en un arma de precisión. Pero Vane, desde el palco superior, hizo un gesto casi imperceptible.
La puja escaló con una violencia silenciosa. Los herederos lanzaban cifras como proyectiles, infladas artificialmente por el fondo de reserva de la Academia para vaciar las arcas de Kaelen. Diez mil. Veinte mil. Treinta mil. Kaelen sintió el hombro palpitando por el costo de haber drenado el arma de Valerius horas antes. La fatiga le nublaba la vista, pero su mente analizaba el tablero. Los herederos no querían el manual; querían humillarlo.
—Cinco mil quinientos —lanzó Kaelen cuando el precio pareció estancarse en una pausa estratégica. La sala quedó en silencio. Vane se inclinó hacia adelante, una sonrisa depredadora dibujándose en sus labios mientras el subastador golpeaba el martillo.
La victoria tuvo un sabor amargo. Al pagar, la bolsa de Kaelen quedó vacía, dejando su reserva de supervivencia en cero absoluto. En cuanto el manual tocó sus manos, una descarga de energía helada recorrió su brazo, activando la reliquia oculta. El tomo no era un simple libro; era un mapa de flujo espiritual que comenzó a succionar su propia energía vital para descifrarse. Kaelen cayó de rodillas, ocultando el dolor tras una máscara de estoicismo mientras los guardias de Vane se acercaban. El Supervisor bajó por las escaleras con paso lento, sosteniendo una orden de registro en la mano. La subasta había terminado, pero la purga de rango estaba a punto de comenzar, y ahora, Kaelen no tenía ni una moneda para comprar su salvación o el ancla necesaria para detener el consumo de su propia esencia. El manual, lejos de salvarlo, se estaba convirtiendo en su tumba.