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Chapter 2: El precio de la ventaja

Kaelen sobrevive a la prueba inicial, pero su uso de una técnica prohibida lo marca como una anomalía ante Vane. Tras negociar con Lira, descubre que su artefacto es una reliquia de una secta caída. Un altercado con los Herederos le permite probar su poder, pero Vane le cierra el acceso a la subasta crucial, dejándolo ante una elección de vida o muerte.

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El precio de la ventaja

El aire en los callejones periféricos de la Academia sabía a ozono quemado y desesperación. Kaelen se apoyó contra la piedra húmeda, sintiendo cómo los latidos de su corazón martilleaban contra sus costillas. El uso de la 'Succión de Ambiente' le había garantizado la permanencia, pero el precio físico era una factura que su cuerpo apenas podía pagar. Sus venas ardían, un rastro de fuego frío que recorría sus brazos, testimonio del drenaje forzado de energía residual que acababa de ejecutar.

Arriba, los drones de vigilancia de Vane zumbaban como avispones mecánicos, escaneando el sector en busca de irregularidades espirituales. Kaelen sabía que el Supervisor no se detendría. Lo había etiquetado como una anomalía, y cada residuo de energía que su cuerpo emitía era una baliza encendida en la oscuridad. Metió la mano en su bolsa de cuero raída, sintiendo el peso de sus últimas monedas. Eran su sustento, pero la supervivencia no admitía ahorros. Compró un supresor de rastro de grado inferior; el costo lo dejó casi en la miseria, pero el zumbido de los drones se alejó pocos segundos después de que activara el dispositivo. Estaba a salvo, por ahora.

Se dirigió al mercado negro, donde el ambiente siempre estaba cargado de una tensión eléctrica. Lira lo esperaba en el rincón más oscuro, rodeada por cristales de almacenamiento no regulados. Al verlo, no buscó su rostro, sino el aura inestable que lo rodeaba.

—Hueles a técnica prohibida y a problemas institucionales —dijo ella, su voz cortante como el filo de una moneda—. Vane ya está bloqueando el acceso a los niveles superiores. Si ese artefacto es lo que creo, no solo te ha ganado el derecho a seguir aquí; te ha puesto una diana en la espalda.

Kaelen sintió el pulso gélido del artefacto contra su costado. —Necesito limpiar la firma energética. Si Vane lo escanea en la auditoría de mañana, terminaré en la fosa de descarte.

Lira se acercó, invadiendo su espacio. —Esto no es una reliquia común, Kaelen. Es una pieza de una secta caída, una sanguijuela que devora energía para alimentar una ambición que no es la tuya. Si la vendes, podrías comprarte una vida entera fuera de este infierno. Si la conservas, es una sentencia de muerte que te llevará a la cima o al abismo.

Antes de que pudiera responder, tres figuras con túnicas de seda bordada le bloquearon el paso al salir. Eran de la facción de los Herederos. Valerius, su líder, apoyó la mano sobre el pomo de su sable, su aura irradiando un tono azulado, pulcro y opresivo.

—El derecho de paso se paga con diez monedas, Kaelen —dijo Valerius con una sonrisa fría—. He oído que te fue bien en la prueba. Sería una lástima que un accidente te impidiera llegar a la subasta.

Kaelen sintió el cronómetro de la temporada, visible en el arco principal, marcando menos de veinte minutos. La presión era absoluta. Sin el manual de la subasta, su cuerpo colapsaría. Ignorando el dolor en sus canales energéticos, Kaelen canalizó una fracción de la 'Succión de Ambiente' hacia el arma de Valerius. El aura del sable se apagó instantáneamente, volviéndose opaca y muerta mientras el artefacto drenaba el núcleo del arma. Los Herederos retrocedieron, aterrorizados por el vacío repentino en su energía.

Kaelen no esperó a que se recuperaran. Corrió hacia el Salón de Subastas, pero al llegar, encontró las puertas selladas por un campo de energía roja. Vane estaba allí, observando el caos con una calma glacial.

—Nueva normativa —anunció el Supervisor—. Solo aquellos con rango 'Distinguido' pueden ingresar. Tu clase ya no tiene nada que buscar aquí.

Kaelen se quedó solo frente a la puerta cerrada. El cronómetro marcaba el final. Tenía una moneda, un artefacto prohibido que lo estaba matando y una subasta que decidiría si ascendía o era purgado. La elección no era sobre el dinero, sino sobre qué parte de sí mismo estaba dispuesto a sacrificar para sobrevivir a la siguiente hora.

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